14 septiembre

¡Barrios bajos!


 


 

¿Libertad, reclusión, vida? 

Salí del Cyber, y no estaba mi bicicleta ¡A media cuadra de la policía! ¡Con esto no quiero decir necesariamente que se la haya robado un policía! Aunque no me sorprendería nada.  La bici estaba apoyada contra la pared, la linga enrollada en el caño del asiento, la llave se había quedado trabada en el candado chino, por eso hace meses que la dejaba suelta.

  Arranqué caminando al fin, libre del lastre del tránsito, pensando en cómo son las cosas, este tema de la seguridad y la inseguridad y todo eso.  

  Y como la misma bicicleta amaneció olvidada contra la calle, en mi casa, sin que se la lleven, me hizo pensar en los conceptos que manejamos todos para poder construir la sociedad.  Por ejemplo, cuando escucho que dicen “barrio peligroso” después me doy cuenta que solo era un “barrio pobre” y, de la manera que funciona el sistema, seguramente se podría traducir a “barrio desprotegido” o “abandonado” por las diferentes jerarquías y poderes y fuerzas y dependencias de gobierno.  

  Esto quiere decir que el peligroso soy yo, si quiero serlo, caminando en medio de cuadras y cuadras de casas sin puertas ni ventanas de hierro, en calles apenas iluminadas, entre gurises sueltos, sin policía de guardia a la vista(salvo que de la casualidad que cruce alguno que se va a trabajar), sin beneficios, sin registros, sin controles.  Entonces de modo natural, el orden social se acomoda en esta “anarquía”, solo peligrosa para quienes no la aceptan, para quienes catalogan todo.

  Para cercar el mundo, solo hace falta una etiqueta, y miedo. Desde chiquitos, miedo al cuco, a la oscuridad, a lo desconocido, a los fantasmas a los extraterrestres, no importa, una vez establecido el reflejo, se puede usufructuar por medio de etiquetas.

  Y crecemos bajo esta “nube de tags” fabricados permanentemente por los medios masivos de comunicación, por las instituciones que nos educan, por la familia temerosa de ver descarrilarse a sus bebes.  Y crecemos olvidando que todos somos seres humanos, que todos somos dueños del mundo, en su totalidad.

  Entonces se nos educa, peor que a los perros, que les tiran un hueso, porque se nos educa con imágenes, con conceptos, con letras dibujadas sobre un papel o pizarrón, se nos convence con palabras, dichas desde el pedestal del conocimiento sectorizado, para que aprendamos a escuchar a quien debemos, para que aprendamos a creer en lo que escuchamos. 

  Y posters y cuadros, para que confiemos a ciegas en la pantalla que nos muestra el mundo, y nada en lo que nos rodea.  Hasta que llegamos a bloquear la realidad si no la explica un periodista.  Finalmente no damos un paso más, si nos falta un consejo de “el entendido” en tal o cual tema, y así estamos, se nos dice que este es malo, que aquel es mejor, porque son de tal o cual país, y se nos llena el horizonte de tráficos constantes y sangre seca, cuervos y polvaredas monstruosas. 

  Fantasmas para que nos evitemos solos el trabajo de salir de gira, de darnos cuenta que el mundo entero no tiene dueño, y que todos esos gendarmes y policías y soldados cuidando las fronteras no tienen ningún sentido.  

  Solo los vemos porque están en la puerta del laberinto para ratas, donde nos entrenan desde siempre, para que sigamos el camino correcto en esta increíble inmensidad que es estar vivo. Y sería terrible si un día nos damos cuenta que todos somos personas, que ya caduco completamente el sistema de jerarquizar a la gente según sus elecciones personales, porque solo son elecciones que podría haber elegido cualquiera, que ya no hace falta más encumbrar a la gente según su disponibilidad de efectivo o bienes inmuebles.

  Porque solo son usufructuarios de un recurso llamado mundo, del que son tan dueños como cualquiera, de que ya no hace falta más clasificar a la gente según su lugar de nacimiento, porque las costumbres más exóticas y los colores  y las formas de vivir, se trasladan de un punto a otro del globo.

  Y nos demuestran que la televisión nos mintió siempre, que del otro lado hay seres humanos igual que nosotros, que no debíamos poner nuestros impuestos al servicio de la guerra preventiva, a nivel global, y de la represión de entrecasa, por cierto, en cada gobierno, en cada país, en cada provincia, en cada municipio, en cada escuela, hogar, oficina… donde el poder apunta cada vez más a fortalecer el poder, y en maniatar al ciudadano para que siga tirando con los dientes de la cuerda que traslada la eterna pirámide de la autoridad y el conocimiento, fundamento de toda dominación.

  Entonces vamos todos riéndonos de pavadas para poder seguir, mientras avanza la cinta transportadora de las capacidades, expectativas y habilidades humanas, todo al moledero, para devolver cada vez más un mundo enlatado, empaquetado, predeterminado, donde nuestras decisiones se reducen finalmente a… ¡blanco o verde! ¡Ladrón o policía! ¿Frutilla o vainilla? ¿Tul o volados? ¿Cocaína o marihuana? ¿Rap o cumbia? ¿Cerveza o vino? ¿De $ 1,50 o $ 17,80?  ¿“Publico” o privado?, izquierda o derecha, hoy o mañana, lo mismo da.  

  Nos desangramos mutuamente cada hora para tener acceso a la posibilidad de una falsa elección, de una opción que no deja de ser esclavizante, que no deja de cercenar cada día un milímetro más de nuestra conciencia, de nuestra majestad como seres humanos.  De nuestro real poder de decisión.  Triste destino manifiesto.

  Ahora camino, pensando en mi barrio, en mi rio, en la tierra que me espera, sin banderas, solo busco aumentar la sensación de sentirme vivo, como decir, podría morir ahora mismo sin arrepentimientos, sin temores ni apuros.  

  Además diariamente posible  cuando tengo que cruzar cuadras y cuadras oscuras y sin ley, a cualquier hora del día o la madrugada, con mi mochila llena de equipos, de tecnología altamente, instantáneamente comercializable, y ya todos empiezan a saberlo, y a sospechar que no tengo revolver… ¿Tendré que conseguirme uno? ¿Tirar? 

  ¿Matar a una persona artesanalmente? O me traerá inconvenientes al momento de ser interrogado, revisado, acosado por la policía, por venir del sur, por fumar marihuana, por mi corte de pelo, por andar (fotografiando) en lugares y gente que no entran en el poster de la sociedad, por resistirme a encajar en su clasificación… delicado balance entre la libertad y la vida, cada día, como todos, cada día un día más.

01 septiembre

Cuando empezó mi vida...


 


 

Ni parecido 

…Entonces… un día, me di cuenta que necesitaba amor, no podía aguantar ni siquiera una palabra más fuera de lugar o en tonos agresivos, no podía seguir viviendo sin caricias, sin que mi piel se erice de placer en vez de menosprecio ajeno, me canse de que mi cuerpo lleno de amor fuera desperdiciado, desconocido, completamente mal valorado, pero más que nada me canse de no poder ser mujer, ni persona, solo un objeto sin posibilidades ni elecciones, más que descansar en la  estantería donde me lucían como una mascota obediente, responsable, indiferente a mí misma.

  Creo que me estaba marchitando como mujer, sin saber quién era, hervía por las  noches, sin embargo despreciando el cuerpo insensible que dormía a mi lado, sin salida.  

  Un día, en la caja del supermercado, al pasarle la tarjeta, nuestros dedos se rozaron, solo medio segundo, se me aflojaron las piernas, el rayo de sus ojos asombrados perforó los míos, acabe caminando a casa, hace meses que no lo hacía, quede tan confundida que no volví a ir al súper por una semana, entre la culpa y las ganas de acariciarme con sus manos, me mire al espejo y me sentí hermosa, después de bañarme me miraba al espejo de cuerpo entero, reconociéndome, finalmente…

  Volví a ir.  El mismo día a la misma hora, no estaba segura de lo que había pasado, entre llena de culpa, con la cabeza gacha, pero ella me vio, otra vez. 

  Di vueltas y más vueltas, sin animarme a volver, revente la tarjeta, apenas podía con el carrito, llegue a ella, a la caja, no había cola, lentamente iba pasando las cosas por el láser mientras charlábamos de cosas sin importancia, su voz era sin embargo como una caricia, yo arrimaba las cosas para que nuestros dedos se rocen, evitamos mirarnos, no hubiera podido manejarlo, sin decirlo quedamos en vernos en el parque, en la feria, donde yo recorría los puestos comprando regalos para los demás, nunca para mí.

  Nos cruzamos al fin, nos saludamos como viejas amigas, fuimos a tomar un café… cuando en vez de un bar me propuso ir a su casa, sentí que se derrumbaba un muro en mi mundo, acepte saltando sobre los escombros, sin hablar, me mordía los labios para no besar los suyos, en plena calle, llegamos, la puerta daba al misterio de mi misma, no nos apuramos a descubrirlo, no tanto.  

  Ella me beso, yo solo temblaba, entregada pero sin encarar, sus labios calientes desafiaron mis miedos, sus manos desnudaron mis prejuicios, su piel encendió la mía, camino a la cama apago la pava, hirviendo hace quince minutos, me afloje en un ataque de risa, que era también llanto que era también amor, que era yo volviéndome mujer… para ella. 

  Cuando empezó a  sonar el teléfono, solo lo apague, recién pasada la medianoche volví a casa, a ese mundo obsoleto que ya no podía soportar un segundo más, mi marido me esperaba despierto, por una vez no estaba viendo futbol.

  Debe haber tomado conciencia, percibido mi plenitud, mi decisión, porque su cara de reproche y castigo, se cambió en asombro y suplica sin palabras, su agresividad y posesión se volvió ¿amor? No, no deje que me toque, que contamine mi piel, ni me dieron ganas de dar explicaciones, la mesa nos miraba dar vueltas, el persiguiéndome y yo escapando.

  Me daban asco su comprensión, sus confesiones, sus promesas, su orgullo herido…mañana me voy, te agradecería que hoy te vayas a un hotel.  Los chicos terminaron por despertarse, nunca habían visto llorar a su padre, que intentaba mandarlos a dormir, sin aceptar ¿ah sí? 

  Metí una muda de ropa en un bolso y me fui, avisame cuando no estés así busco mis cosas, los chicos lloraban desconsolados, pero a la larga entenderán, pensaba, no podía retroceder, estaba en juego mi vida, un beso a cada uno se convirtió en cuatro dulces tenazas que me aferraban suavemente sin dejarme partir, sentí su amor, real, sus pequeñas cabecitas intentando comprender, me sentí una porquería, una hija de mil puta desde que cerré la puerta hasta que llegue a su casa, caminando en la madrugada, toque timbre temblando, dudando si no me había pasado de rosca, si me abriría la puerta.


  Me estaba esperando, nos absorbimos en el beso más largo y dulce del mundo, desde ese día estamos juntas (el jamás supero la depresión) solo después me entere que era también su primera vez con una mujer, me morí de amor.  

  Los chicos quisieron venirse con nosotras, después que dejaron de sentirse mal por las burlas en la escuela, después que se cansaron de escuchar la letanía de su padre, después que se dieron cuenta que nuestro amor seguía intacto, que seguía siendo su madre, que las cosas no cambiarían. 

  Formamos una hermosa familia, ya no tenemos vergüenza, ahora trabajo en la feria, no me falta ni me sobra nada, no extraño el auto ni las tarjetas de crédito, mis amigas intentaron volverme al corral, jajá, solo una me entendió, a veces nos visita, con su nuevo novio, igual, a veces percibo en el algo de recelo o desconfianza en su forma de mirarnos, creo que tiene miedo de que contagiemos a su chica jajajajaja, soy feliz, ¿Debería rendirle cuentas a alguien? 

  Ni a dios!!  Me alegro de sentirme viva, ya debe estar por llegar, me voy a casa, tenemos solo una hora antes de que los chicos salgan de la escuela, la otra vez lucia me pregunto porque no nos besábamos delante de ellos, no sé, no es para nadie más, está bien así, la otra vez me conto que estuvo con un chico, con vergüenza, como si yo la fuera a censurar, lo percibía, estaba esperando que me lo diga, nos abrazamos media hora, los amo, formamos una hermosa familia, a veces visitan a su padre, aunque el solo tiene tiempo para los negocios. Me voy, me voy, cuidate, si, nos vemos cualquier día de estos, pasen por casa…

Lauchas


 


 

Dos delantales 

Tarde un rato en darme cuenta de que no era un sueño, o mejor dicho, de que no era un sueño muy común: la Yani me estaba mordiendo la yema de los dedos y yo que la miraba espantado, cuando empiezo a sentir lo mismo en los pies: marce me mordía despacito también y los dos tenían ese brillo en la mirada que me daba tanto miedo, por eso mismo me desperté…

  Cuando me quiero tocar la oreja, que me dolía, pensando en quedarme un rato más en la cama, agarro una pequeña masa de pelo que tironea y me muerde, no sé si salto antes que yo, o si se despegó en el aire, pero la rata seguro que estaba despierta, yo gritaba, y pataleaba en la cama, pateando y destapando a los demás que saltaban a su vez arrinconándose como lauchas, sin saber en realidad que estaba pasando.  

  Ahora prenden la vela, los niños todavía lloran, mama pregunta que paso, dice que prenda el fuego y nos durmamos, solo el tío Ramón duerme a pata suelta, de zapatillas y tapado hasta las orejas, nunca le dio lugar al roedor, pero seguro que sabía lo que estaba haciendo cuando propuso comerse al gato  ¡muy rico! Mejor que  el pollo, bueno, por suerte salimos de la dieta única, ya estaba cansado de comer solo batata, y la otra semana fue papa y cebolla.  

  El frio no me deja pensar, arrimo unos palitos al montón de brasas y soplo, mientras castañeteo con los dedos de los pies para alejar esa sensación de mordida inminente, se levanta un poco el fuego y se arriman Shakira la Pacha el Cone y Carlitos, todos desvelados, todos asustados.

  Ahora tengo que calmarlos, la oreja no era nada, ni sangro, hago magia pasando las manos por arriba del fuego y se ríen cuando soplo y me revuelvo de la quemadura, no tengo que actuar tanto, me queme de verdad, tratando de distinguir los ruidos en la pieza semioscura por el humo, parecen chasquidos de las recortes ardiendo pero son los pasos apresurados de las ratas corriendo de rincón a rincón, entrando por entre las tablas, mordiendo la madera, cercándonos.  

  Para espantar el miedo les canto la canción del sapito, Shakira me acompaña enseguida y seguimos hasta que amanece.

  Apenas caliente el sol saldremos a quemar basura, papa no vuelve, se fue a ver si  conseguía otro caballo ya hace tres días, mama llora, el tío Ramón la abraza mucho rato, no les importa que miremos… 

  Salimos de la mano a ver que encontramos de comer, afuera ya anda el Chino mandoneando y haciendo fuego, cazan una rata inmensa, la tiran a la parrilla, el humo me hace vomitar en la basura, pero el Gitano me sonríe y me hace sentir mejor.  

  Extraño al Marce, cuando era como antes, y nos secaba las lágrimas cuando nos despertábamos soñando cosas, antes de tomar esa porquería, siempre nos traía alguna fruta, y la última vez que paso trajo un lechón, y el gato, que entonces estaba flaco, el muy astuto. 

  Después se perdió, solo los policías preguntan de vez en cuando por él, pero mami les dice que hace rato no viene, igual entran y revuelven todo con los perros, siempre, como si se pudiera esconder abajo del platito de la vela. Y cuando se robaron el caballo dijeron que si no había sido el, capaz lo habíamos comido, y que dejáramos de llenar de piojos la comisaria. Milicos piojosos.

  Bordeamos la colina negra y la ciberchoza, seguimos hasta la parte nueva, un camión empieza a descargar, esperamos de la mano, los niños tienen que entender que es peligroso, los recolectores se ríen y gritan, se nota que viven felices, suben al camión y arrancan a fondo llenándonos de tierra.  Tenemos un ratito hasta que lo vean pasar por el barrio, por la zona verde, rompo una bolsa negra bien grande y desparramo todo ¡fiesta carioca! 

  Entre las serpentinas y las colillas hay hamburguesas aplastadas y pedazos de panchos desarmados, comemos como locos, espantando los perros, que se cansan rápido de ladrarnos y empiezan su propia búsqueda. Solo el colita espera, y se liga una hamburguesa.  

  Cuando nos llenamos la boca, nos guardamos todo lo que podemos entre la ropa, porque ya se escucha al Chino a los gritos viniendo para acá.  Saltamos y corremos antes de ligarnos un rebencazo, Carlitos ya está cansado, la Shaki lo arrastra del brazo,  yo corro con la Pacha a caballito, el Cone viene atrás mío arrastrando una bolsa… ¡por favor que no nos vean!

  cruzamos por el otro lado para escondernos, los Termita están seleccionando, la madre tapa el viento con su pollera, ellos están enojados con nosotros y empiezan a tirarnos piedras apenas nos ven, les devolvemos las que caen cerca, la Shaki encuentra un pedazo de fierro y lo largo para abajo con todo, se lo doy al Tonito en la canilla y queda saltando en una pata mientras 

  La Gorda lo caza del pelo, porque está loca nomas, apenas podemos caminar de la risa, Shakira baila y le brilla el pelo rubio, duro, ¡hermosa!

  Nos sentamos a comer en la montaña de gomas, caminando atrás del alambrado, se ven los pequeños que van al jardín, saludan contentos, la Pachi y Carlitos se los quedan mirando hasta que se pierden atrás de los árboles, sale humo de la laguna,  cuando vuelva papa le voy a pedir para llevarlos de nuevo, aprenden muchas canciones, la Shaki empieza a cantar El Avión, pero no convence, pienso en los delantales colgando en la pared, ¿comen tela las ratas?

   Me pregunta Carlitos, tal vez pensando lo mismo, no si no tienen mucha hambre le digo, y él se guarda un pedazo de pan en el bolsillo, lo como a besos cuando trata de escaparse, y terminamos los cuatro enredados entre las cubiertas en una guerra de cosquillas, prometo llevarlos mañana mismo, hoy no quiero estar triste, voy a hablar con mama.

  Llegamos, mama no está, el tío manda a la Shaki a comprar una caja de vino, quiere acariciarme la cabeza y me escapo, nos miramos con bronca.  Vamos Tato, me dice ella, y arrancamos los cinco, mejor no dejar a ninguno solo, en un ratito se fue el sol y unas nubes frías se corren carreras arriba, nosotros las corremos también pero van más rápido.

  El Diego nos regala caramelos, volvemos mientras empieza a lloviznar, corremos la última cuadra bajo lluvia hasta la puerta donde el tío espera el vino.  Pasamos y le meto una bolsa antes que se apague del todo el fuego, el Ramón se queja pero no hay madera seca, quemo los cajones de la alacena y nos calentamos mientras el putea, el agua empieza a llenar todo, ahora llueve bien fuerte, el fuego se apaga, nos subimos a la cama.  

  El Ramón toma vino sentado mirando por la puerta, las patas en la correntada, nos abrazamos, el frio empieza a ser picante, nos tapamos con la frazada que no se mojó, también miramos la puerta, me pregunto si estará vivo el Marce, si volverá papá, adonde habrá ido mami… 

  La Shaki canta, yo me acuerdo de la cara del Tonito y me rio solo, el tío se da vuelta y me mira, solo para cagarme a puteadas, un día voy a tener un revólver… sigue lloviendo a cantaros, una gota empieza a caerme en la cabeza…

17 agosto

Más de lo mismo


 


 

 

Cuando me caigo de la cama 

  …Y así empecé el día, tomando mate, y llegue después a la orilla del rio, y baje hasta donde los pescadores recién volvían de revisar los espineles, y compre unos pescaditos a precio de costo para regalar mientras aprendía de grampines y anzuelos, del bichero que no aparece, del tipo que le comió un dedo un dorado, del trasmallo camalote, de carnadas y pescaderos, de la vida en las chalanas y la vida bajo el agua … 

  Despanzados y aleteando, con unos ojos que te dan ganas de devolverles la vida, algunos dorados y un patí volvieron haciendo pesar la rama donde colgaban cada uno con un hilo de las agallas, pasando el terrible peso de una mano a la otra, hasta llegar a casa, para salir al fin haciendo correr la calle bajo las ruedas, a confirmar el mundo que presentía. 

  Y empecé a repartir esas capturas, como un pequeño gesto de lo que me falta, de lo que quisiera dar, para mis amigos que me cuidan y me salvan la vida, aun sin saberlo, sin enterarse… y mientras tanto compartíamos algo más, lo de siempre, haciendo planes locos para descartar la rutina.  Para reírnos de la escasez de opciones. 

  Entonces volví a casa y dije, que puedo hacer, ya que mi cuerpo arranco arañando el día tan temprano, y arrancaba unos yuyos de vez en cuando, tomando un mate que siempre se enfriaba.   Para perder el tiempo media a ojo las alturas de la tierra y planificaba las futuras acequias, mientras me entretenía mirando la vida de los gansos, los perros, los chanchos, las gallinas, los patos, los gatos, los gurises, los caballos que crían los vecinos…

  Es tan puro el aire, el rio es tan eterno, hay tanto verde entre el viento, que casi siempre me quedo mirando, sin hacer nada, hasta que me agarran ganas de caminar por la costa, mirando los pescadores, juntando piedras, disfrutando del milagro permanente del entorno, tratando de estar lo suficientemente despierto para poder captar por mí mismo alguna faceta desconocida de mi barrio antes de que alguien me la cuente.  

  Llego con la mente en blanco, pleno, indiferente, mientras pasan corriendo los aprendices de boxeadores, embrujados por el carisma y la potencia de María “la mala” Ruíz, ahora que el Fabián armo un gimnasio en el salón de usos múltiples, y tantos gurises (más de setenta) encuentran una salida, alternativa a la calle la delincuencia el revólver y las drogas, una motivación en sus vidas, aprovechando lo único que aprendieron bien: a defenderse a los golpes.

   Y la calle poceada no termina de secarse, como si los charcos estuvieran decididos a esperar la próxima lluvia para no extinguirse, los vecinos pasan en sus motos, rumbo a concordia, al fin necesaria en este sistema de intercambio.  Al rato vuelven, adelante va la añoranza, la urgencia de volver a casa…

  Los gurises juegan en bandadas, dueños del tiempo, señores sin retaceos de este territorio de puertas abiertas, a ninguno lo van a retar por volver embarrado.  Mientras, un jinete pasa en pelo al galope en un hermoso caballo mestizo, apenas molestado por los perros, celosos de su calle.   Algunos enfrente  ya se van juntando con bombo y guitarras.

  Y una frase me aclara todo, otro día, cuando en medio de un revoltijo de letras gritadas y palabras entrecruzadas de gurises decidiendo a que jugar, escucho vamos a jugar a “el rio crece” y ahí recién caigo en la cuenta de que vivir acá, en este barrio costero, representa un sistema de contenidos completamente distinto, propio, independiente, desde la más tierna infancia. 

  Y es por eso que la añoranza siempre está presente, al salir un par de cuadras hacia la ciudad, donde no hay muchos puntos de contacto con la magia y lo intangible de vivir acá. Es por eso que cuando el tráfico del centro arrecia imagino las garzas volando sobre el silencio de las calles.

  Pero vuelvo de noche, caminando por el murallón: en la cortada oscura, una casa palpita al ritmo de furiosas lonjas, voces de hombres mujeres y niños le dan belleza y trascendencia  al ritual, nada más se ve, que la luz escapando por las rendijas entre las tablas y las chapas a punto de reventar con el frenesí de los tambores.  

  Por un momento pienso en quedarme escuchando sentado, como los que salpican los cordones de las veredas de la angosta callejuela, pero la música no es garantía total de paz, aunque amanse así a los más feroces, que respiran mirándome, que indiferentes toman nota de mi posición, por rutina, por precaución. 

  Y de repente… el rio crece… ¡y yo que no me quede a ver el juego para saber que hacer! Se acumulan lluvias, arroyos cargados, sudestadas, trombas de agua que bajan del norte.  

  La corriente ya llega a la puerta de los pobladores ribereños que, sin embargo, permanecerán en sus casas, con el bote atado al largo poste clavado en el suelo, cuando la creciente deje de ser un amague.  

  El pescado sale poco, refugiado, comiendo, en los pozos.  La carnada no sobra, el agua está sucia…el frio es lo de menos, el agua siempre es caliente en invierno.  

  Mañana  voy a pescar, si tengo tiempo…

 

Un chocolate


 


 

Caminando juntos 

Hacia frio, había salido en la mañana soleada y ya promediaba la tarde, paro en un kiosco para comprar un chocolate que me caliente el cuerpo, lo consumo rápidamente mientras camino y ya me dan ganas de comer otro.  

  ¿Vuelvo atrás y compro cuarenta chocolates así me alcanzan hasta llegar a casa? Pienso, en un reflejo consumista, que inmediatamente descarto por irracional, ni siquiera resolví que hacer con el papel celofán de la envoltura: no hay tachos de basura ¿lo guardo? ¿Lo tiro a la calle? ¿Atrás de un muro para que no lo vuele el viento? ¿En la caja de una camioneta? ¿En el patio de una escuela? ¿En la alcantarilla?  Ah... no sé! 

  Lo tiro para arriba y que el elija, pequeño pedazo de basura inofensiva, reluciente, con olor a fábrica de chocolate. 

  A ver, a ver, epa, caracolea y gira estroboscópicamente en el aire, el viento juega haciendo remolinos, lo levanta y lo deja caer sin tocar el suelo, que acrobacias, quiero saber dónde termina esto, no cae, se levanta, sigue vuelo, hasta que una ráfaga llena de arena la aplasta contra el piso, a esa minúscula partícula de resaca industrial, sublimada de materiales innombrables. Se arrima al cordón de la vereda, ya tengo que prestar atención para distinguirla entre el papel de turrón y la bolsa de nailon inmediatamente adyacentes. 

Hormigas rodean un pedazo de manzana, papel de caramelos, volantes y valotas, un pañal…  estaba mirando vibrar el celofán, trabado con un retazo del papel de turrón, cuando desde un auto tiran un paquete de Marlboro Box que sigue su envión empujado por el viento hasta el pequeño cumulo de basura, donde encalla contra el papel de turrón, afirmado en la arena mojada, liberando sin embargo al envoltorio del chocolate, que caracolea feliz cuesta arriba, rumbo a…

  ¡Oh dios! ¡un barrendero!¡ de lejos se lo ve, se la ve, con su altiva postura, y ese tacho con esas bolsas de repuesto… pienso como detenerla, no sé qué hacer, no puedo modificar el rumbo del residuo primario que he adquirido y después echado a volar libre con el viento, observo fatalmente el rumbo mutuo de los duelistas, la barrendera junta y tira, junta y tira, avanza, embolsa encarcelando, 

  Destruye impiadosamente miles de recorridos plásticos por las calles del centro de la ciudad, la estoy mirando, lo nota, apoya la pala y levanta la cabeza, ahora miro al celofán, ahora vuelvo a mirarla a ella, el viento es continuo, ella pierde su tiempo observándome hasta que bajo la cabeza y sigo, junto con el papel celofán que raspa el piso junto al carro y vuela bajo, ahora frenéticamente, lo que me hace trotar para no perderlo entre las cercanas oscuras baldosas de la peatonal.   

  Después de la hora pico, algunos despreocupados personajes, seguramente turistas, y otros que van y vienen, todavía apurados, trabajando o comprando, caminan por la peatonal, solo están fijos los vendedores ambulantes, los policías y los niños que piden en la puerta del supermercado.  El celofán avanza como si no existieran, aprovechando la menor brisa, camino rápido, el policía me observa, apuesto que nunca se imaginaria que estoy persiguiendo un celofán.  

  El sol se esconde entre los edificios de los bancos.  Sigo entre las calles y las casas ahora más chatas, más abiertas, el celofán parece esquivar los montones de basura aquí y allá, de vez en cuando se detiene, y sigue su camino, surfeando contra el cemento, o el ripio, que ya anuncia los viejos territorios, inesperadamente la rueda de un carro lo aplasta y lo pega llevándolo, corro como loco gritando, ¡Uep! ¡Uep! ¡Bueno, bueno, bueno!...

  El carrero me mira, los cajones me miran, por suerte tengo cinco pesos arrugados: ehh…manzana, pera. ¿Banana no? No.  Que barato se vive acá pienso, con la bolsa de frutas, masticando al vuelo, miro el papel en la rueda, el gurisito que tiene las riendas me mira, el tipo sube y las agarra, la yegua toma su paso, las ruedas giran, el celofán se desprende con una aguja de viento que atraviesa los ejes, el verdulero sigue pregonando sus ofertas, el celofán lo sigue, el sol se oculta tras una nube viajera, dos minutos. Insiste ahora con sus últimos rayos.  

  Ahora el viento viene de la costa, lleva el celofán por el Bulevar Chacabuco, se detiene de a ratos y yo también, los pibes de la esquina no saben que pensar, en cualquier momento se van a comer un flash y no sé qué puede pasar, sentado en el aire espero el viento, comiendo una pera, llamo a alguno, me cabecean, hago señas, vienen dos…

¿Que estas mirando vieja? Preguntan entre curiosos y amenazantes, por las dudas, y les explico, que estoy siguiendo el celofán desde el centro, que el viento paro justo ahí nada más, tenés hojillas, pregunto, para generar contacto, ahí te traigo, y uno se queda mirando el celofán aleteando ¿y desde el centro lo venís siguiendo? Sí.  
 
  ¡Qué locura tenés vieja! Dice sin darse cuenta que el viento mueve el celofán y nosotros vamos atrás, vienen las hojillas, yo tenía, pero mejor si hay intercambio, le doy un pedacito para armar, vamos atrás del celofán, ahora somos tres, el viento sigue, prenden el porro, se arriman los demás…mirándome como si fuera un perro verde o algo así, enseguida se entusiasman, en una chilca frente al tiro federal se engancha y queda flameando, uno lo quiere liberar pero le explico que no está permitido, arruinaría el experimento… 

  Nos quedamos esperando, compramos unas birras en el quiosco de enfrente, donde otra barra ya miraba inquisidoramente, se dan las explicaciones de rigor, es tan raro que vienen a comprobarlo, se sientan alrededor, esperando, la gente se conoce, las birras vuelan, los autos se desvían por el otro lado del bulevar, miran como buscando alguna bandera, alguna causa del alegre piquete. 

  Ahora los gurises del barrio revolotean sin entender que pasa, los pibes de la cuadra cuidan que nadie moleste al papel celofán, libre de decidir y tomarse su tiempo, un perro, camina entre todos, pasa por arriba del yuyo y lo arranca, gritos y festejos, los niños saltan de alegría sin preguntarse porque.  

  Alguno va a buscar un buzo, otro más birra, nadie quiere perderse nada, una botella espumea de pastillas, de esa no tomo, somos como veinte ya, sin contar los niños, un patrullero viene lento desde el ex aeroclub, frena asombrado, después sigue despacio, intenta pasar y le explican que momentáneamente no se puede, pretende abrir camino entre los gurises, nadie lo deja, algunas madres van a agarrar las criaturas increpando a los milicos, detallándole hasta la última carencia que soportan en este abandono estatal, mas importantes y mucho más urgentes a su juicio que sacar a pasear trajes azules envolviendo muecas soberbias. 

  Los pibes se ponen adelante del experimento, las caras alegres y despreocupadas se cambian en filo y decisión, los milicos retroceden, masticando su veneno, todos nos reímos, salen marcha atrás justo a tiempo antes que los preadolescentes empiecen a tirar las piedras que estaban juntando, la señora que insulto y hecho a los policías pregunta que pasa…ah están re chapita… dice y se vuelve a lavar la ropa.
  
 En todas las cuadras miran y comentan, se arriman, comparten algo, comentan los problemas del barrio, eternos, estructurales, se van cabeceando resignados, algunos, otros se quedan.

  Somos más de setenta personas, entre mujeres hombres y niños, me parece que algunas chicas se fueron a cambiar para la ocasión, el romance avanza en medio de la masa, miradas, invitaciones, resoluciones… el viento atraviesa la multitud y empuja el papel celofán, dos patrulleros ahora vigilan desde lejos, policías con las itakas en la mano miran, la gente se ríe...

  Los gurises avanzan tirando cuetes, jugando a la pelota, al elástico, a la mancha, a las escondidas entre la gente. Las ultimas matronas le encargan los más chicos a sus hermanitos, antes de comprarle unas roscas al vendedor ambulante, motos y bicicletas son parte de la caravana, van y vienen trayendo provisiones, averiguando la marcha del asunto, pasamos junto al último murallón del Tiro Federal.

  Todos saben que se viene una difícil, no perder de vista el papel entre toda la basura que descansa o vuela en eso que podría haber sido un parque, un espacio verde, lleno de árboles y pájaros, y donde sin embargo solo brotan montones humeantes de plástico, entre los indiferentes caballos, entre los bancos y los faroles abandonados al lado del arroyo claro, entre las columnas de alumbrado desmanteladas.

  Ya estamos en el medio del extendido basural, la tarde se termina, lentamente, casi todos se van, quedo con algunos desencajados, vigilando, no quisiera saber con qué porquerías cortan la cocaína que están tomando, me prometen no perder la presa, los patrulleros, aliviados, se van a su cuartel, me acuesto rendido contra una mora centenaria, me duermo, frio, no tanto ahora…

  despierto sobresaltado, una campera que no es mía me tapa, el viento… helado del amanecer que se viene, me sorprendo de despertarme así, en este lugar, solo entiendo cuando levanto la cabeza, un gran fuego reúne a los que no durmieron, yo me arrimo rápido saludando, nadie me contesta.

  Corren de repente, las caras parecen bustos de bronce en una plaza, alcanzo al puntero, justo para ver como el celofán que señala el dedo mayor se eleva sobre el borde, y cae en las aguas del arroyo concordia, encajonado, y se hunde hasta quedar estacionado en la arena, entre las algas verdes…  los pibes se arriman, se dan la mano, lloran desconsolados, uno me abraza, ahora soy yo el que no entiende, estos están re locos…

  Me prometo ir a buscar la cámara para sacarle una foto que describa esta increíble aventura, si es que estos muchachos se van a dormir alguna vez: más vale no tentar al diablo. Están desayunando con wiski chino, tomo un trago para calentarme, les regalo lo último de faso, para bajar, me despido, me voy a dormir un rato, no descanse nada temblando de frio, llego a casa, pateando basura traída por el viento, me acuesto, tengo grabado  en la mente el lugar donde quedo el celofán.

  Despierto pasado el mediodía, recorro las calles vacías, llevo mi cámara escondida en el zaparrastroso bolso de pesca, nadie quedo, el fuego sigue quemando plásticos, a veces una imagen nos da una sensación corporal, siento un escalofrío, un bajón de presión, en el arroyo palean arena de primera calidad, prolijamente juntada en montones

 ¡Todo fue arrasado! ¡Mala suerte! Miro un rato y reflexiono, me saludan desde el carro, es el Chula que junta arena, hace dos días tendría que haberme llevado, recién entiendo por qué: las lluvias no lo dejaban trabajar… Estás en tu casa más tarde, me pregunta, te llevo lo tuyo… 

  Dale, dale, ya voy para allá en un rato.  Vuelvo y en el silencio espero, luego miro como descargan la arena, buena y barata ¿Está bien? Pregunta tal vez por mi forma de mirarla.  Sí, sí, todo bien, estoy pensando en otra cosa, no puedo creeer que volvió a mí, en la última palada, ¿el mismo celofán? Pareciera… limpita viste… dice mientras lo saca y lo tira afuera, charlamos un rato, le pago, se van, cierro el portón.  

  No te enteraste del piquete de ayer,  me comenta al salir, dicen que mañana viene el intendente,  pero ya no lo escucho, iluso, una sensación me hace girar la vista atrás, como una presencia, alcanzo a ver el intenso viento arrancando el papel hacia el cielo, cayendo atrás de la defensa, donde lujosas camionetas tiran basura, ya no puedo seguirlo, sé que terminara en el rio… no quiero pensar en eso.

  Busco los baldes, la cuchara… Siento que soy otra persona ¿Que paso ayer?  ¿Tal vez todo fue un sueño? Empiezo a hacer la mezcla, pasa rápidamente el camión de la basura…  los perros, echados al costado de la calle como siempre, se levantan a ladrarle…

10 agosto

Así es el amor


 


 

No sé porque te amo 

  Creo que el amor es eso que no se alcanza ni  a explicar, creo que el amor es eso que no podemos evitar, ni aunque quisiéramos, es magia, es como una fuerza, una puerta, un pensamiento reposándose en nuestras alas, una energía que llena nuestro mundo de colores, y se expresa en cada gesto, en cada cosa que hacemos. 

  Se da a manos llenas por los niños, que no son mezquinos hasta que les enseñan, hasta que crecen y aprenden de los adultos el miedo y la manipulación.  Se mendiga como el pan en las calles, se le pone precio en los salones. Se busca a tientas en la oscuridad de la selva de cemento.

  Y después de mil olas, tragando agua, tal vez llegamos a una isla donde ya no hay dudas, donde un segundo se cambia por un año, donde quedamos indefensos enredados como una mosca en telas de araña y sin embargo no nos comen.  

  Ese estado vulnerable de cambiar la piel, acurrucarnos sin miedo, y sentir que otra persona se amolda a nuestra energía, a nuestro perfil, a nuestro cuerpo, a… que profundo es un ser humano cuando se lo consume célula por célula.

  Y sentir que el descubrimiento es aventura, porque ya no hay parámetros, porque caminamos por la faceta brillante del mundo… ¿o somos nosotros los que brillamos? Debe ser también, porque envuelto en esta luz podría morir ahora mismo, feliz de haber conocido tus brazos, envolviéndome.

  Aunque también acechen, esperando un parpadeo: la posesión, los celos, la desconfianza, el miedo a perderte, la saturación, el control…  queden esperando eternamente si queremos que el amor nos libere, nos alimente, nos deje crecer, o caeremos en negocios mundanos, prefijando el cuándo y el cómo, exigiendo sonrisas, capturando el alma con una soga. 

  ¿Transformar esta ultrasensibilidad en despojo? No, solo tengo este segundo, evitare sumarlo al tiempo, sé que siendo el ultimo o el primero de una cadena infinita de milenios, lo que quedo en mí ya no se ira.  No atare tus alas a la maravilla de descubrir una persona, solo tu entrega me hace hombre, mujer…

  Y a veces pienso si mi amor no será completamente egoísta, y te amo porque solo vos me ves.  Porque me colmaste de vida,  jugando a pintarme de colores, de sabores, llenándome de música, porque limpiaste mi vida y mi corazón desterrando hasta el recuerdo de mis malos pensamientos, de mis cuentas pendientes. 

  Tal vez te amo porque me diste un mundo completamente nuevo, jugando con mis cadenas como con telas de araña…

  


Dejo de pensar y me consuelo pensando que jamás elegí amarte, solo fui (fuimos) avasallado inexorablemente por un mar lento y dulce que ya no tiene principio ni fin, del que no se puede ni imaginar una salida.  Navego como Cristóbal Colon, ansiando a ratos una tierra donde tenga un poco de respiro mi pecho, pero no la busco. Te dejare estallar si es tu deseo, indomable corazón, mirándote.

  Pero no, confío ciegamente en él, solo está renovando cada poro, cada rincón del cuerpo, de la mente y del alma, titánica tarea, sin dudas merece todo su esfuerzo.

  ¡Qué le voy a decir!  Solo lo alimento, dejo que lo envuelvan en caricias tibias y besos a punto de ser dados, de pestañas acariciando el rostro, porque la luz de tus ojos ilumina este corazón, que hace bombear la sangre, que mantiene todo mi cuerpo, atravesando el mundo entero como si fuera una hoja de papel, solo para llegar a vos y ver tus ojos, reflejando estrellas de otros universos…

  …No puedo escribir más.  El mundo tiene hoy una profundidad tan grande, una energía tan pura que tal vez me aplaque y me encause a la vez, voy a caminar bajo la lluvia…

…Como ese primer día.

Música


 

Ayer 

  Estaba con el mazo a punto de empezar a demoler mi casa, cansado de verla tan quieta, cuando sonó el teléfono, y con cada rrrriiiiiinnnnngggggggggggg que no lo encontraba se volvía más urgente la situación hasta que abajo de la mesa lo veo y atiendo: numero equivocado.  

  Me piden disculpas amablemente y cortan, rápidamente, dejándome con ganas de preguntarle algunas cosas, como por ejemplo…no se… como puede estar tan seguro de que dio equivocado?

  Y quedé descolocado, sentado en el suelo con el teléfono en la oreja, olvidando mi proyecto,  y pensando que hacer.  Entonces puse música.

Si he de morir que  sea con música, pensaba, o sino con el canto de pájaros viento y marea alta, o sino que sea escuchando el grito de los vendedores callejeros, colectivos llenos y pasos entrelazados, más bien, si he de morir que sea al contado, efectivo, y no en cuotas… 

Y el placer de escuchar esa canción que no recuerdo me generaba esas reflexiones, absorbiendo el entorno en una sensación.

  Y pasaban los temas de la heterogénea lista, una canción nueva me hace prestar atención a la letra, otras que están en algún idioma que no conozco, me dejan imaginarla, acorde al matiz, al color, a la vibración del sonido, hasta que un solo de guitarra me atrapa descartando todo pensamiento. 

  …O este silencio absoluto de mi calle es lo que me gusta escuchar a esta hora, justo antes de las ocho, cuando de a poco se empiezan a desplegar como telarañas horizontales los ruidos de ranas, gente, autos, motos, el viento rozando las ramas de los arboles viejos...

  ¡Sirenas policiales! ¡Contaminación! 

  Adentro, ahí va la música nomas jajaja  ¡qué buena suerte, arranco grandiosamente Ciro Pertusi en ataque 77 al palo! Justo lo que necesitaba.  A cada cual su gusto, pero cada uno lo siente desde siempre.

  Es decir, hay una especie que no puede vivir sin música, el ser humano, hace miles de años haciendo instrumentos rústicos o sofisticados en todos los rincones del globo terráqueo.

  Sobre todo en los niños pequeños se percibe una manera de jugar con el ritmo, una forma de percibir el sonido tan íntima,  tan personal, que parecieran conectados desde antes de nacer, solo esperando que les den la oportunidad de hacer ruido, como les llaman algunos padres a esos golpes que parecen inconexos, a esa identidad sonora que se busca en las cosas.  

  Hasta que en algún momento la presión del mundo cotidiano descarta esa conexión por superflua, innecesaria a los fines del mismo, se pierde la oportunidad de comunicarnos con lo intraducible, el cuerpo se olvida de crear, de sentir la música, solo la escucha por un parlante y se contonea al compás (en la mayoría de los casos).

  Sin embargo el oído tiene una capacidad y una memoria tan grande que ni siquiera es conocida, por la absoluta preeminencia que le damos a la vista, con tan lamentables consecuencias en nuestro desarrollo.

  (Claro que también se deja de lado al olfato, al gusto, al tacto, o se los educa como si fueran guardianes, en vez de herramientas de percepción, pero no es objeto de este pasquín detenerse en ellos también)  nos olvidamos del ritual antiguo de elaborar canciones, de machacar tambores hasta hacerlos hablar, del sonido puro como herramienta ancestral de comunicación con lo imposible, lo desconocido. 

  Nos perdimos de la conexión que se da entre personas que tocan juntas instrumentos hasta hacerlos coincidir en un latido, un ritmo, hasta que sea expresión, descripción conjunta del mundo. Solo se permite un tiempo, como sueño de adolescente, en algunos casos, con fecha de vencimiento, no sea cosa…  que termine como esos comparseros borrachos de carnaval que le dan al tamboril, tiriquitiquiriquitiquiriquitiquiriquitiqui, como si eso le fuera a dar algún sentido a su vida, como si fueran a progresar:

  ¡Tocando el tambor! 

  No, eso no está dentro de las directivas sociales imperantes.  Mejor ni arriesgar.

  Y así y todo se encontró la manera de hacer (declarar) música para elites y música para el populacho, de fomentar unos estilos contra otros, de otorgar jerarquías a los instrumentos, a la afinación, a la técnica, al tono, y cuantas aberraciones más que hacen avergonzar a los sonidos, puros, juguetones, libres, que sin enterarse se pasean de una canción a la otra de un continente a otro de voces a corazones, de corazones al viento, del viento a la lluvia sobre los techos… 

  Y así interminablemente, dando un salto en el silencio para caer como truenos lejanos que nos dicen que la fiesta ya empezó en otro lado. Que la vida puede ser expresada en todo su esplendor, en toda su dimensión, en todas sus facetas.

  Porque la primera función de la música fue comunicar, describir, en un momento de la humanidad donde la cosa no pasaba por sentarse en un sillón con auriculares y olvidarse del mundo, más bien todo lo contrario.  

  El batir del tambor, de cuero crudo y sangrante, llamaba a la tribu para la guerra o para la ceremonia, la celebración, transmitía las noticias, o era parte de rituales de una espiritualidad ya desconocida.  Viajando por la selva o el desierto, su sonido no era indiferente para nadie.  

  Todavía queda en las canciones, el llamado de la sangre, libertad, eternidad…encontrémoslo.

Soplando la mecha (Waterworld)

    Todo parece fantasticamente divertido hasta que el olor a quemado sale de nuestra cocina.  Hasta que la sangre crorrea, desde nuestra ca...