El único enemigo que puede ser vencido sin matarlo, es uno mismo. Esa lucha, por tanto, dura toda la vida. Y como queremos todo rápido -Ya, para ayer!- olvidamos dar esa pelea, y seguimos permitiendo que nuestras debilidades determinen el tortuoso ritmo de nuestro destino.
Hemos olvidado eso como hemos olvidado todo lo esencial. Si no fuera así, pasaríamos mas tiempo mirando una corriente de agua que una planilla de deudas a pagar. Hemos olvidado, o tal vez, hemos sido enseñados a olvidar, la importancia suprema de nuestra propia vida, la responsabilidad total que asumimos con el primer llanto, como responsables y administradores de los latidos de nuestro corazón.
Sin embargo seguimos vivos, continuamos, existimos, en un lento devenir hacia ninguna parte, como facilitadores de la vida de algún perverso y malicioso personaje superior. Y eso no es mas que justicia, que la ley natural, pues quien nos usufructúa tal vez sí, es consciente del valor de su propio pulso, del tesoro inapropiable de su vida, y es por eso que prefiere consumir la nuestra, derrotar el destino de sus semejantes, antes que desviarse del propio.
Claro que, sumidos en la era de las mercaderías, donde la calidad de vida se equipara con la calidad logística, y la calidez humana, la coherencia, la integridad, pierden peso frente a la disponibilidad y el precio de bienes y servicios que reconocemos, tal vez, como absurdos y/o descartables, aunque no podamos dejar de ser atraídos por el poder de la propaganda y su promesa de elitismo y prestigio social, como implacable y victoriosa competidora frente a los valores tradicionales, a los beneficios de la práctica de la reflexión y el autoconocimiento.
Simplemente, hemos dejado de considerar nuestra propia autoconstrucción, y la misma evolución del ser humano, como metas, objetivos o siquiera como necesidades para la supervivencia individual y colectiva.
Cuanto más durará el instinto de autoconservación?
De eso se encarga ahora el algoritmo que nos tranquiliza, proveyéndonos de un flujo de contenidos tan igual a si mismo, que no necesita de crítica o reformulación alguna. De eso se encarga ahora la Inteligencia Artificial, auto referido compendio de la supuesta totalidad del conocimiento humano actual, disponible y empaquetado a gusto y pedido, instantáneamente, como un abrillantado reflejo de lo que pudiéramos pensar o producir, si nos tomáramos el arduo y aburrido trabajo de hacerlo.
Claro que no tenemos tiempo para eso! Nos hace falta para navegar interminablemente por la monotonía infinita de las redes sociales, para ser programados por noticias falsas y publicidades engañosas, por fabulas corporativas y gestores gubernamentales. Necesitamos el cien por ciento de nuestro tiempo para desperdiciarlo, porque ese es el estándar de pertenencia social de la actualidad, donde se ha derrotado todo vestigio de individualidad.
Somos un producto, un protocolo humano, y estamos orgullosos de serlo, porque solamente nuestra entrega al cien por ciento a la manipulación masiva de unos y otros competidores del dominio corporativo del poder, garantiza nuestra tranquilidad, nuestra supervivencia tecnológica, y nuestras posibilidades presentes y futuras en el campo laboral, social, y afectivo, definido y redefinido cientos de veces al día por campañas de marketing y pertenencia, diseñadas para que nada mas reste de nuestra etiqueta de "Consumidores".
Porque si algo es obvio, es que hemos dejado de ser seres humanos, casi que hemos dejado de ser seres vivos. Ya ni siquiera las plantas o las inquietas piedras de las montañas envidian nuestra suerte. Todo viene a nuestro encuentro, tan veloz y frenéticamente, que salir a buscar algo tan extraño a las definiciones actuales de felicidad como "el futuro" supone un automático extrañamiento social, un auto flagelante exilio, un extraterrestre itinerario sin puertos ni rutas, sin señales, sin automáticos posters que nos alivien de la necesidad de tomar acciones mas definitorias que un dibujito que se imprime en la pantalla.
Así tomamos partido instantáneamente sin generar ningún compromiso, sin la objetiva necesidad de no tomar partido por el bando o la situación contraria al instante siguiente, ya que el anonimato y el frenesí, la presión del mercado, la necesidad de visualización, hacen intrascendente cualquier postura, al consecutivo momento de ser declarada.
Y así, casi sin darnos cuenta, hemos adaptado nuestro pensamiento al producto audiovisual enlatado dominante: nuestras convicciones duran treinta segundos, porque no nos es posible mantener mas tiempo el foco mental, la atención, ni la convicción sobre ninguna cosa. Ahora que la política mundial se reproduce al ritmo de una serie de bajo presupuesto que recicla la escenografía capítulo a capítulo, no se puede esperar mas de seres humanos criados por teléfonos inteligentes, y luego adiestrados por inteligencias artificiales.
El colapso total de esa remendada y sucia utopía de la Sociedad del Bienestar, y su sistema de jubilaciones y aspiraciones a la Salud y la Educación universal, en un mundo donde no existiría el delito porque hasta los pobres serían felices, produjo como coletazo el descarrilamiento inevitable del capitalismo, y como siempre, vienen los técnicos a repararlo a tiempo.
Los afamados doctores: Fascismo y Totalitarismo, reparten urgentes píldoras de estupidez comunitaria, que calmen estos malestares que causa un exceso de genocidio. Mientras tanto, la mainstream media imprime nuevas recetas, epidemias y diagnósticos -siempre fatales- para aislar a los felices contagiosos de los deprimentes sanos.
Sin embargo y para tranquilidad de todos, estamos en la víspera de un magnífico descubrimiento,. Solo falta que abra la puerta el director del hospital y lo anuncie, una vez mas... Hemos sido curados, pero debemos seguir pagando, porque no hay un mundo sano adonde regresar.


