Parecía mirarse al espejo, pero en realidad su mirada atravesaba el pulido vidrio, las paredes de la desmantelada oficina, las amplias naves donde se iban oxidando los sectores de su soñada cadena de montaje, el parque frente a la fábrica, para levantar vuelo como un aeroplano, y atravesar a toda velocidad los estados de Illinois, Indiana, Ohio, Pensilvania, Maryland, como si fuera ametrallando las destartaladas vías del viejo Capitol Limited, hasta atravesar las rejas de la Casa Blanca, en Washington, y entrar por una ventana lateral, directamente a un pasillo que conectaba con la oficina central, donde se quedaba mirando fija y rabiosamente al desgarbado payaso de piel naranja que nunca, nunca paraba de sonreír satisfecho.
Pero él, que había vendido su Rancho en Wyoming para afrontar las deudas de la fraudulenta quiebra con la que habían desintegrado su sueño, perdido su casa en el vecindario de la Base por el mismo motivo, y haberse hundido en la desesperación y la ira, la impotencia, la tristeza y los deseos asesinos por igual, hace tiempo que no sonreía.
O si.
En las escenas que proyectaba en su imaginación, donde torturaba al presidente hasta hacerlo pedir perdón, se internaba tan profundamente que en algún momento las ratas de la fábrica se erizaban y corrían a esconderse al escuchar su maligna feroz y desequilibrada carcajada. Hace semanas que no se afeitaba mas que para cortarse la cara disimuladamente, y bajar la presión arterial dejando escapar un poco de sangre de su cuerpo.
Miró al hombre fijamente como si lo tuviera realmente frente a sí, dejando que su tembloroso pulso hundiera la cuchilla en su pómulo, hasta que la sangre comenzó a bajar de su mejilla a través de su huesuda mano, hasta gotear sobre el piso por la punta de su codo. Le gruñó al espejo con rabia, y en un movimiento instintivo, le dio un cabezazo a la penosa imagen que lo amenazaba, arrepintiéndose inmediatamente de romper el espejo, aunque aliviado de que un pedazo todavía quedara sano, funcional, para mantener el ritual cotidiano de hacerse daño.
Cada día repasaba la turbulenta historia, asombrado de haberse dejado embaucar con palabras dulces y trabajadas sonrisas, inexplicables ganancias y extravagantes promesas. Es que al principio funcionó bien, los primeros tiempos, todo parecía tan encaminado que descartó todo recelo, toda defensa, toda precaución, obnubilado por los espectaculares rendimientos que prometían los contratos a punto de firmarse.
Se recordó agradeciendo y reverenciando al "Gran Hombre" al que consideraba su amigo, y se sintió el ser humano más estúpido de la Tierra.
Absorbido, ensimismado, ilusionado. Entusiasmado en el diseño de nuevos proyectos y sectores que prometían convertir su proyecto en la Planta Industrial mas grande de Chicago, engañado por las sonrisas de los falsos obreros que poco a poco habían ido reemplazando a los originales trabajadores, no llegó a darse cuenta que su sueño se convertía poco a poco en una cáscara vacía, donde las cartas habían sido repartidas hace rato, hasta llegar un día para enfrentarse con el silencio mas aterrador que había conocido en su vida, predecesor de las fajas de clausura, los embargos, la guerra judicial, la amenaza de cárcel por traición a la patria...
Cada uno de sus maravillosos proyectos había sido vendido secretamente al país que mas detestaba, sin dejar siquiera una palmera en la desolada isla de escombros donde ahora sangraba. Todo había sido culpa de su profesión: como viejo aviador, una vez que despegaba, no podía dejar de ansiar mas velocidad y mas paisajes recorridos, y había convertido el sueño de volar en la mas espantosa pesadilla que pudiera recordar.
Cuanto debo estar pesando? Pensó, pasando el pulgar de su mano derecha sobre sus prominentes costillas, al salir afuera por un par de minutos, solamente para desafiar la presencia del Servicio Secreto, que monitoreaba, vigilaba y custodiaba cada uno de sus movimientos... Su pegajoso pantalón, del cual escapaban sus sucios pies descalzos, se abrió al dar un pequeño salto triunfal entrando nuevamente a su feudo, y lo hizo analizar hasta cuando valdría la pena mantener su decadente reinado. Valía la pena llamarle siquiera vida a este lento e interminable caer en un vacío infinito, interminable, vacío.
Como un zombi del fentanilo caminó paso tras paso, trabajosamente hacia la torre de la antena, haciendo un recuento de sus numerosas relaciones, que en la misma semana trágica habían pasado a considerarlo un completo desconocido, seguramente - concedió, como un regalo a su dignidad- amenazados, chantajeados o perseguidos por el inmenso poder de su enemigo. Aferraba la carpeta contra su estómago, subiendo escalón tras escalón, hasta llegar a la base de la antena, que comenzó a escalar arriesgadamente, dejando que el viento primaveral zarandeara su escuálido esqueleto. El mundo entero iba a saber la verdad, se dijo, fijando su mirada en el manojo de rascacielos que se veían a lo lejos...
Su mano izquierda se tomó del tramo final, afirmándose para que su mano derecha pudiera cerrarse alrededor del caño del pararrayos, por un segundo se sintió flamear como una bandera de justicia y libertad, que pudiera destruir todo el mal, el dolor y la traición a los que había sido sometido. Recordó su anhelado primer salto en paracaídas, y como la ilusión se había transformado en miedo, mirando el campo que corría bajo la panza del viejo avión de carga. Pero finalmente saltó, y luego se hizo rutinario, y luego olvidó las emociones simples e intensas que sentía al inicio de su carrera.
Con un lento desapego, aflojó sus dedos hasta despegarse del mástil del pararrayos, volando, por última vez.
La carpeta tomó su propio camino, perdiendo sus hojas manuscritas a medida que lo acompañaba en su caída. Cerró los ojos absorbiendo el viento, disfrutando de tres segundos de libertad al fin, estrellándose contra el hormigón de la base de la antena, en el techo de la fábrica, dejando su cabeza con una mueca casi parecida a una sonrisa, colgando hacia afuera del borde de la torre.
Los agentes asignados en ese momento, que habían seguido su penoso periplo a través de sus largavistas, no pudieron dejar de sentir una cierta tristeza, al ser testigos del agrio momento, tras lo cual encendieron el automóvil y lo dirigieron hacia la entrada de la fábrica, donde descendieron para sacar del baúl un cartel que decía "SE VENDE", que fijaron con precintos plásticos al enrejado.
Luego uno de ellos tomó su radio y despues de un suspiro anunció el fatal, previsible, esperado desenlace: "El pájaro voló, repito, el pájaro voló. Aguardamos por instrucciones". Luego prendieron sus cigarrillos, y disfrutaron por un par de minutos del silencio de los desiertos y ruinosos suburbios, antes de que el equipo de limpieza llegara con su brusquedad y sus malos modales.
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