Esta vez Mike había trabajado seriamente, y no era para menos. Era el último proyecto de su vida.
Despues de años de insertar y cruzar datos, de mejorar respuestas de combate en teatros tridimensionales, el sorprendente y letal ataque de las abejas africanas, había sido desmenuzado, mejorado y rediseñado autónomamente en un dispositivo individual pero de comportamiento gregario, diurno o nocturno y de una instantánea y precisa respuesta cinética (Sonrió al usar en la presentación de su dispositivo la palabra de moda).
Con solo entrar en contacto con otras tres unidades equidistantes a un máximo de cuarenta metros, navegaba como una sola masa coordinada de perdigones voladores de acero.
Podía abarcar un par de kilómetros cuadrados en movimiento, implacables y mortales. Cada unidad de ataque generaba una porción del mapa compartido por el enjambre. La búsqueda era siempre hacia el sol(preferentemente), para que las alas pudieran captar energía y trasladarla al Sistema Operativo. La batería se ubicaba bajo la pequeña bisagra de los paneles de captación de potencia, formando el tórax del insecto, podía ser cargada en su lanzamiento, aunque inmediatamente mas tarde dependiera de la energía del sol para recargarse, y seguir gozando de sus treinta minutos de autonomía.
El cuerpo del perdigón también había evolucionado. Ahora era un caramelo explosivo de acrílico al carbono, con un pequeño chip de señalización y rastreo, unido a un par de largas alas transparentes, que funcionaban mecánicamente. De la mitad del tamaño, pero con un tercio de peso de su predecesor, su cabeza era un centro de datos, terminado en una cámara termográfica orbital.
Lo que completaba el esquema, mas allá del sistema de "Lanzo y Olvido" eran cuatro pinzas en forma de patas, con que el insecto se aferraba al blanco, o se posaba antes de perder toda su energía, para pasar la noche, listo para encenderse a los primeros rayos del sol... El abdomen del insecto tecnológico, estaba formado por una pasta explosiva conectada al centro de análisis de datos, que duplicaba su señal al momento de fijarse sobre el blanco, provocando un cortocircuito que iniciaba la detonación.
Los enjambres serían lanzados desde la bodega de un avión, al amanecer, o al atardecer, centrifugados desde una turbina, que esparcía instantáneamente un furioso conjunto de ocho mil insectos por lanzador, fluyendo suavemente pero con una velocidad mortal, hasta detectar el suelo y encenderse justo a tiempo con un movimiento giratorio de reconocimiento, que identificaba al enjambre, aprovechando y aportando su memoria.
El presidente estaba maravillado con el proyecto, y había puesto su energía y su implacable liderazgo en movimiento, al enterarse de la lastimosa jugada que había sufrido su predecesor. Despues de reírse un día entero, había telefoneado personalmente a Mike a la fábrica, para que pusieran en marcha la inactiva planta de ensamblaje al máximo de su productividad.
Claro, ahora la Planta de Ensamblaje de Objetos Voladores, pertenecía al viejo Mike, que además era su Director y Gerente. Décadas en el mando militar le habían enseñado que una guerra puede ganarse o perderse, o siquiera comenzar, pero un buen negocio, podía hacerse mucho antes, con solo tener las palancas adecuadas en el poder. Como empresario le iba mucho mejor que como general, tenia tiempo libre, menos estrés, subvenciones millonarias para investigar, fiestas donde conocer amigos poderosos, y hasta se había vuelto un mediocre jugador de golf.
Mike no dejaba de mirar su reloj, controlando las pulsaciones y la temperatura de su piel, que fluctuaban al compás de su inexplicable nerviosismo, Acostumbrado a relacionarse con personas de toda clase y reputación social, no debería sobrecargarlo tanto el encuentro con el presidente, pero... este era distinto a todos. Podría decirse que se tomaba la guerra como un juego, antes que un negocio, y sin embargo, para iniciar las conversaciones, había debido resignar el cincuenta y uno por ciento del control de sus acciones a nombre del despiadado jefe de estado. Eso podía ser bueno o malo, muy malo...
Bueno, en realidad, eso implicaba que no podía perder, ya que la voluntad del avezado hombre de negocios, mucho mas habituado a los grandes movimientos económicos, pondría a su disposición todo el aparato del estado. Su posición era muy vulnerable, y el presidente parecía haberlo adivinado, o por lo menos, investigado a fondo: ya no contaba con medios para sostener la producción, ni con dinero suficiente para comprar a los generales del Pentágono, ahora que sus viejos conocidos habían pasado a retiro.
En realidad, mantener su estilo de vida, para poder asistir a las reuniones de negocios, para llegar al fin, a ser presentado al gran hombre, lo había dejado técnicamente en la bancarrota, con un futuro de deudas impagables y embargos en plena ejecución. Había resignado su sueño a cambio de un gran contrato, pero la personalidad impulsiva y caprichosa de su nuevo socio, no le permitían mas que nervios, incertidumbre, y un anticipado sentimiento de derrota.
Finalmente el tipo llegó.
Puntualmente tarde, como para demostrar que todo protocolo o acuerdo podría ser descartado a su voluntad.
Paseó con su comitiva registrando visualmente el ritmo de producción, comprobando la realidad del proyecto, haciendo algunas observaciones insensatas sobre la estética de las naves o el color de piel de los operarios...
Finalmente, para alivio de todos, se decidió a abordar el vehículo que encabezaba la caravana hacia el aeródromo, y tomar rumbo al campo de pruebas, cedido por el Pentágono, en una desierta locación que reconstruía un paisaje urbano.
Diversos maniquíes con fuentes de calor, habían sido desperdigados por la zona, mientras un bunker acristalado servía de mirador panorámico. Desde ahí, se podían enfocar los binoculares para sentir la emoción de vivir en tiempo real, la captura de blancos casi humanos.
El enjambre sería pequeño, y constaría con un cronograma de autodestrucción ajustado a veinte minutos, para poder salir del bunker, analizar los blancos, y abandonar la locación sin riesgos.
El ronroneo del avión le erizo la piel, y orgulloso, pudo ver como el presidente pegaba su nariz al vidrio, para ser el primero que viera los pequeños insectos llegar al suelo para hacer su trabajo.
Era maravilloso.
Los pequeños dardos voladores cruzaban como flechas, impactando los blancos.
Aunque el presidente expresaba sus dudas de que tan pequeña carga explosiva tuviera efectos mortales. La planilla electrónica mostraba los blancos siendo desactivados, uno a uno, hasta que todos pasaron de verde a rojo. Sin embargo, algún error había sido cometido, en el número de insectos o muñecos, ya que por lo menos dos, seguían volando, y habría que esperar un incómodo tiempo muerto antes de que se auto eliminaran.
Mike se retorcía las manos transpiradas, sin saber que decir o como reaccionar, pero el tipo importante parecía dispuesto a resolver cualquier problema expeditivamente... Con una sonrisa cautivadora, se expresó, mirando a la adolescente y dulce muchacha inmigrante que lo acompañaba, en perfecto español:
_ María, me haces un favor? Tráeme mi maletín del auto...! - Mientras le abría la puerta, con total amabilidad y galantería.
Mike palideció, y por un segundo pensó en impedir que la mucama saliera afuera, contradiciendo al presidente, pero la mirada seria de los miembros de su comitiva fue mas que desalentadora. La sonrisa de la esbelta muchachita caminando orgullosa hacía juego con el babeante placer de los hombres de la comitiva.
Un pequeño insecto se aproximó antes que diera veinte pasos y se incrustó en su nuca, justo antes de que otro le explotara en el pecho. La muchacha cayo de rodillas brevemente, para luego hundir su cara en la arena tibia del desierto.
Mike vio su futuro ennegreciéndose, tras este absurdo e innecesario accidente. Buscó, atemorizado, la mirada del hombre de estado, esperando una expresión de rabia y decepción. Pero no. La amplia y amigable sonrisa era como un cálido abrazo, y la siguientes palabras lo confirmaron...
_Excelente! Maravilloso! Aprobado! Que inicien la producción! -y al ver la cara de sorpresa del general, le aclaró:
_Le ordené al encargado de la operación cargar dos naves de mas para hacer una prueba real! Nadie va a extrañar a esa indocumentada.
Para agregar inmediatamente, como si su nacionalidad confirmara su descartable prescindencia y lo disculpara de todo crimen:
_Era hondureña, o venezolana, algo así...
El general no estaba preparado para asumir el inmediato costo humano de la aprobación de su proyecto, pero logró forzar una tímida y torcida sonrisa de sumisión, que contrastaba con el exultante entusiasmo del resto. La muchacha yacía inmóvil, enrojeciendo la arena tibia, enmarcando con su cara una mueca de espanto y sorpresa tan visceral, que el presidente no resistió la tentación de tomarse una foto junto a ella.
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