"Vivo en una fortaleza en medio de un bosque. No puedo evitarlo. Con solo establecerme en un lugar fijo por mas de veinticuatro horas, comienzo a establecer parámetros de selección de factores de riesgo, a erigir sucesivos anillos y perímetros de seguridad, sistemas de identificación temprana, alarmas silenciosas, trampas, engaños, falsas rutinas, máscaras y personajes, vías de escape y sistemas de eliminación ...no lo se, no puedo explicarlo.
Intenté ser nómade, lo logré por unos cuantos años, recorrí la totalidad del planeta, asqueándome de la miseria humana y las ruinosas consecuencias de la ambición y la mediocridad humana en la arquitectura, la política, las relaciones internacionales, la delicadeza femenina...En mi opinión, ya no hay forma de mejorar nuestra especie.
Pero lo peor no es eso -solo se trata de personas- sino que hemos arruinado completamente hasta el último rincón de naturaleza donde un ser humano podría encontrar la paz. No hay un lago helado en el que uno se pueda bañar desnudo al amanecer, sin que un pedazo de embalaje plástico nos observe desde el fondo, a través de las transparentes aguas.
Se supone que eso es evolución?
La gente simple es derrotada a través de maneras simples, la gente compleja, asimismo, muerde el polvo a través de maneras complejas. Es lo que me enseñó la vida sedentaria. A traves del ejercidio de la reflexión, he adquirido un manual de instrucciones sobre la naturaleza de las acciones humanas: a veces, me bastan unos cuantos segundos de conversación con cualquier persona, para saber cuales son sus motivaciones ocultas, cual es la carnada que no podrá evitar -aunque quisiera- que detalles pasará por alto, en el camino hacia su propio cautiverio.
Porque... en definitiva, somos todos adictos. La fortaleza del sistema consiste en volvernos adictos, en despojar completamente nuestro cerebro y nuestro corazón de cualquier contenido hasta que necesitamos llenar ese vacío con algo completamente externo. Cualquier cosa: dólares, autos, cocaína, sangre, lágrimas, poder, sadismo, humillación, sudor, paisajes, naturalezas muertas, violencia, sexo, flores de plástico... no importa.
Todo, absolutamente todo, tiene el mismo valor.
Intentar hacer una diferencia entre unas y otras cosas, sería como intentar diferenciar entre partes del decorado del depósito de un viejo teatro. Todo tiene un valor adecuado a una representación, todo tiene un valor ficticio que se esfuma en cuando las luces se apagan. En el silencio del escenario vacío, todo vuelve a un oscuro rincón, a la falta de significado, a la intrascendencia.
Y esto lo se, es un conocimiento genético. Generación tras generación de millonarios, de multimillonarios, he adquirido la certeza absoluta aunque inexplicable, de que todo es igual, y nada importa.
Es difícil ser niño así, crecer sabiendo esto, y es difícil encajar en otros lugares que los habituales donde la máscara y el simulacro son tan absolutos y prefabricados, tan exactos y cronológicos que el error no causa mas que sonrisas y una afectuosa ternura, ya que rompe un segundo la absoluta monotonía. Un segundo, hasta que los normalizadores se apresuran a corregir cualquier desviación, restaurando, fraguando, reconstruyendo.
Es por eso que comienzan las guerras: finalmente, es el único juego que queda por jugar.
No se trata de poder, ni de territorio... Que absurdo!
La propiedad del poder y del territorio fue establecida hace cientos o tal vez miles de años: la propiedad sobre la especie humana.
Algunos, enfermizos y débiles, se desvían del camino, hacia el sadismo y las perversiones, la violencia. Pero son marionetas pretendiendo dirigir al titiritero.
La verdadera señal de clase, es la capacidad de amar, de dar amor, incondicional, de actuar desde una posición de absoluto respeto por la vida humana, por la capacidad de ilusionarse que tienen las personas normales, y solo desde ahí, generar el contexto desde el que esas mismas personas originarán su propio caos, su propia caída, su perdición. "
Cuando intuía que uno de los policías, jugando con su libreta, estaba a punto de hacerle una pregunta, levantaba suavemente su brazo, mostrándole la palma de la mano, en un gesto universal que significaba la necesidad de no ser interrumpido, con lo que era reprendido silenciosamente con la mirada, por su compañero. Entonces continuaba:
Es verdad que soy un formidable guerrero. Mi capacidad técnica de ejercer la violencia excede con creces al promedio de la población. Soy, antes que todo lo demas, una maquina de guerra, pero...eso no quita mi absoluto alineamiento con un pacifismo estratégico.
Soy tan pacifico como un tigre durmiendo al sol, mi jaula se compone sobre todo de amor, de amor al projimo. Pero también de valores, de aspiraciones de paz y convivencia, de una ética y moral mas estricta que la que alardéan falsamente los actuales o pasados gobernantes, a los cuales he tenido que poner de vez en cuando, en su justo lugar.
Si alguien desperta al tigre de una patada, para tomarse una foto viral -creo que se llama selfie- tal vez no pase mas que su propio susto: el tigre escuchaba atentamente cada paso, y el cada vez mas cercano retumbar del latido del corazon de su estúpido importunante. Entonces tal vez solo se estira y bosteza lentamente, sonriendo internamente de la desesperada carrera a los tropiezos con que el perfecto idiota se raspa la nariz, las rodillas y los codos. Le echaríamos la culpa al tigre?
Pero la raiz del malentendido que los ha convocado en mi morada, es que el terror es tan pegajoso, que la persona que intentó convertir en gracia una situación de vida o muerte inminente, y tuvo la suerte(o mala suerte?) de sobrevivir, no hace mas que mirar hacia atras y esperar represalias, y sus noches se vuelven miserables ante el temor de la venganza. Es por eso que su oscura energía, y su cada vez mas debilitada cohesión interna, terminan por atraer los más absurdos e inexplicables accidentes, las más funestas tragedias.
Y esta, es la única razón por la que mis enemigos, declarados o en las sombras, sufren, mueren y desaparecen, y no tiene que ver mas que con una carencia de amor propio, que hubiera posibilitado disfrutar de las propias condiciones de vida, en vez de intentar perjudicar las ajenas. Y sin embargo han llegado a enumerar causas tan ridículas y nebulosas como la brujería! Que absurdo!!
Mientras eso pasa, yo ocupo mi tiempo en disfrutar y aprender, en crear y amar, y en iluminarme por medio del conocimiento y los consejos de los mas antiguos exponentes de la filosofía estoica, la única que da una verdadera respuesta y un camino equidistante entre el exterminio brutal y el asistencialismo indiscriminado.
Sin embargo no la pasan bien los fugitivos bajo la tiranía de su afiebrada culpa. Sería para mí, muy triste, que ustedes mismos terminen en esa situación. Y es por eso que valoro en su justa medida y agradezco esta charla preliminar.
De todas maneras, tal vez quieran dar un pequeño paseo por mis instalaciones, bajo su cuenta y riesgo, por supuesto, si así lo desean, aunque lo más adecuado sería que yo mismo los guiara, para evitar encuentros o experiancias poco gratificantes, o que un simple ruido en la maleza los remita a esas infundadas fábulas que imagínan cocodrilos amaestrados para eliminar cadáveres, arrastrándose por el parque. La realidad es que solo hay garzas y patos, faisanes y pavos reales, entre otras aves de distintos rincones del mundo.
En todo caso, atenderé con atención su llamada para cordinar tal evento. Ahora, mis compromisos me obligan a retirarme. Ha sido un gusto, caballeros, compartir parte de mi historia y mis aprendizajes con ustedes, estoy seguro que les serán de gran utilidad en el desarrollo de su carrera profesional. Hasta luego.
Descruzando las piernas de la indolente pose con que teorizaba sobre la vida y la muerte de sus semejantes, se enderezó para estrechar firmemente la mano de los oficiales, mirandolos suavemente a los ojos. Ni siquiera en ese momento los policías pudieron articular una palabra que encajara en el marco de ese intrincado discurso. Salió por la puerta con delicadeza, abriéndola solo lo suficiente para deslizar su cuerpo, mientras en la angosta sala, dos pares de ojos se miraban uno al otro, intentando mitigar el inexplicable y visceral miedo que, reptando, subía desde la suela de sus botas hasta la cima de su cabeza.
El aire del atardecer comenzaba a llenarse de extraños ruidos, y los cuarenta metros hasta la salida a la calle parecían un paséo por dentro de la jaula de un gran zoologico. Instintivamente, comenzaron a correr.



















