Todo parece fantasticamente divertido hasta que el olor a quemado sale de nuestra cocina. Hasta que la sangre crorrea, desde nuestra cabeza.
La energía fluye y se transforma, las vibraciones emiten un mensaje, todo se encuentra y florece, el pulso imperceptible de las cosas hace que no podamos percibir su crecimiento, todo se naturaliza. Naturaleza, perfecta. Pero nosotros necesitamos mucho mas de lo que podemos siquiera ver, y generamos más y más basura con un ingénuo y malsano orgullo de nuevos ricos, de dueños del burdel. Todo lo volvimos del reves.
Lo perfecto de la convivencia humana es la capacidad creciente de destrucción, la infatigable persecución de cada tribu hacia los bordes contaminados y muertos o los centros agonizantes y contaminados. Pero la reclusión en las ciudades no va a salvar a la especie humana, ni a todas las demas. Solamente acelera el formato de irracionalidad sobre el que descansan nuestras formas de gobierno.
El poder es un camaleón. Necesita disfrazarse, cambiar de forma, y levntar las banderas que sean necesarias, antes de quemar todo.. Nosotros, creemos vivir como queremos, o solo simulamos creer, pero nadie salta del barco, porque nos convencieron de la amenaza latente de los malvados tiburones. Peces.
La política mundial no se compone de peces y redes, la geografía no es un mapa de colores, la verdad y la justicia, la inocencia, la democracia, no son caminos atravesando el bosque. Vivimos para justificar, y eso es todo. La violencia, emana del sistema como el olor a pan sale de un horno caliente. No habría escaladas ni retaliaciones, no existirian venganzas ni conquistas sin nuestra palabra, nuestra silenciada voz, nuestro aplauso sordo y ciego.
Alguien dijo que los que golpean estan locos, pero mas locos están los que devuelven los golpes,y nadie lo entendió. Todos se preparan para la guerra, porque el camino hace caminos, y una industria es igual a otra industria, una forma de morir es igual a otra forma de morir, la destrucción y contaminación es siempre destrucción y contaminación. Si no somos parte del sistema podremos quejarnos del sistema, pero nadie saltara fuera del barco.
El inmenso poder destructivo que se cierne sobre el planeta, es validado y convalidado desde todos los frentes, segundo a segundo. Pero, por supuesto, no podria serlo si esta aprovación no surgiera desde las entrañas mismas del sistema, la inmensa población hacinada en las ciudades, la inmensa masa de disconformes pidiendo a gritos un culpable. Nadie salta del barco.
Cada problema se resuelve con una escalada, cada ofensa con una ofensa mayor, cada violencia con una preparación para devolver la violencia, y cada intento de confraternizar y compartir, se castiga con la prisión y la muerte, el aislamiento, la marginación y el asedio permanentes. No dejan que nadie salte del barco.
Y los tiburones viven y mueren felices sin conocer su papel.
Mientras, imaginamos castigos nuevos para los nuevos vicios de nuestros olvidados niños y niñas, que crecen guiados por un algoritmo, por una red neuronal enfermiza que consume millones de toneladas de todo -cada segundo- para devolver nada. Mientras aceitamos nuestra forma de odiar, de convalidar el castigo colectivo hacia la siguiente tribu, como si nuestro día no estuviera prolíjamente fijado. La caligrafía del imperio es magnificente, su tinta cabalga sobre el tiempo, dando respuestas absolutas a problemas aun no creados.
El magnetismo de la violencia es la mamadera de la especie humana. Porque no sabemos que hacer con nuestra frustración, nuestro descontento, nuestro inconformismo, nuestro malestar...todo por culpa de esos malditos tiburones, que nadie ha visto, y sin embargo todos señalan y temen. El barco de la posmodernidad encalló firmemente en el entramado filosófico que lo balanceaba. Nadie salta... ahora no se puede escapar del barco sin morir despedazado por las olas.
Busquemos a los culpables, fusilemos a disidentes y débiles de espíritu. Empujemos a los ancianos y miserables, a los desválidos y raros hacia la rompiente. Nadie grita Tierra, a nadie le interesa el planeta, es mas facil conquistar la Via Láctea entera, construir cohetes, y ganar la carrera por el contramisil orbital. Críar a nuestros hijos con nuevos reglamentos, expulsar del centro del planeta a todos los que sonrían en vez de insultar, porque debilitan el sistema.
El único trabajo de cualquier gobierno es evitar la paz, y reducir el riesgo de caída de su tambaleante andamiaje. Aprendemos, devolvemos el golpe. Nos atrincheramos en nuestro gueto social, psicológico, ideológico. Nos aferramos al convencionalismo que hace flamear nuestras banderas gastadas e inútiles, que ya no representan nada. No hay sociedad, no hay nación, no hay conexión entre la tierra y su gente, entre la vida y su entorno, entre la naturaleza y lo que engendra, enajenado de antemano, empaquetado, castrado y deshidratado.
Hemos dejado de pensar, de cuestionar, de buscar o siquiera exigir explicaciones, hemos dejado de tener actitudes de seres vivos, inmersos en la ibernación permanente de la pantalla que, afortunadamente, nos guia, resuelve, delinéa nuestro futuro dia a día. Es el silencio, el último minuto de silencio antes del ttrueno que da comienzo a la tormenta.
Los peces buscan el fondo del océano. Ni siquiera sabemos reconocer los límites de nuestra propia prisión: ya nadie sabe como se hace, para saltar del barco.




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