28 mayo

Disarming ICE

 


Los disturbios continuaban y crecían, los adolescentes y las personas mayores habían terminado sumándose a las marchas y barricadas, su hermano había salido hace horas para incorporarse a la zona mas caliente de los disturbios en la Avenida Doremus.  

  Pero Aretha Brown Cumbiare no podía ser testigo de esto.  Estaba acostada en su cama, intentando escuchar noticias a través de su celular.  La venda fría sobre sus ojos, que amorosamente cambiaba la pequeña Jane, le daba un pequeño respiro al dolor intenso y la fiebre que sentía en su rostro.      

  De todas maneras, aunque no podía ver, se le había quedado grabada, como un cuadro fijo, la cara del policía que vació su tanque de gas pimienta directamente en su cara.  Era evidente que un odio tan profundo, una necesidad tan intensa de hacer daño, no tenían nada que ver con ella.  Y como si fuera necesario demostrarlo, mientras caía al suelo de rodillas intentando taparse los ojos, un par de fuertes palazos en su espalda, habían terminado por fracturarle un par de costillas.  De eso no cabían dudas, dada la dificultad y el dolor que sentía al respirar.  

  No sentía odio, solo dolor, un atenazante y permanente, intenso dolor.  Además, no podía sacarse de la mente un profundo miedo a quedarse ciega para siempre, o incluso a que entrara un grupo armado a su casa a rematarla o llevársela, como ya había pasado varias veces en la ciudad.  Su padre había faltado al trabajo, para que el médico de la planta de procesamiento pudiera venir a revisarla, y darle un diagnóstico y un tratamiento adecuado.  La solidaridad y la unión de la comunidad, era lo único que ponía un pequeño freno a la desolación actual.

  Aretha no era completamente negra, su mezcla de sangre africana y de indígena panameña le daba a su piel un color único de cobre nocturno, y a la expresión de su cara una mirada juguetona, dulce y dura a la vez.  La deportación de su madre le había dejado una nota de derrota y amargura en la voz, y una permanente mirada de silencioso reproche a su padre, moldeado por el ejército en la obediencia y la sumisión al poder, dócil e imperturbable testigo de su propia desintegración familiar.  

  James D. finalmente había tomado la decisión de salir siempre con su navaja.  En realidad, era un conjunto de herramientas, aunque contaba también con un pequeño cuchillo, y hasta un utilísimo serrucho, con el que se podían cortar cosas muy pequeñas como cables o delgadas ramas.  Había sido la primer compra de su vida, y tenia un valor mas sentimental que defensivo, aunque ahora lo cargara por el segundo motivo.  

  En el contexto cada vez mas irracional de las protestas, allanamientos, secuestros y combates callejeros, la sola posesión de su pequeña navaja multiuso podía costarle entre tres a cinco años de prisión efectiva, pero ya no podía pensar más en asimilar golpes sin defenderse.  No despues de ver a su hermana ciega y rota en la cama, y a su padre armado de una silenciosa mirada al vació, dejando pasar el tiempo sin poder hacer nada.

  Los silbatos sonaban desde la avenida, atrayendo a los manifestantes.  Una tanqueta avanzaba lentamente por el centro de la calle, a lo que una mujer se paró adelante intentando impedirle el paso.  La tanqueta no alcanzó a frenar, sino que redujo la velocidad, empujándola hacia adelante sin detenerse.  J.D. corrió hasta ponerse a su lado, junto con otros participantes de la protesta, y fueron arrastrados suavemente por un par de metros mas, hasta que las ruedas se detuvieron.  

  Era simple matemática, el volumen de gente aumentaba el riesgo de aplastar  a varias personas a la vez... y eso generaba riesgos políticos cuyas consecuencias se derramarían hacia las cabezas de los comandantes y luego hacia los operativos en la calle.  Sin embargo, se podía secuestrar y asesinar individuos aislados y solitarios -y es lo que el ejercito nazi que rastrillaba la ciudad sin parar, hacía cada día- sin que tambalee la narrativa oficial.

  J. D. gritaba a través de los vidrios oscuros, seguramente lo estaban filmando pero necesitaba expresarse y descargarse, incluso intentó golpear el blindado con su pequeño portaherramientas, cuando su mirada quedo fija en los tornillos que aseguraban el espejo lateral... asombrado, dio un paso hacia atrás, para visualizar las ruedas y sus innumerables tornillos abulonados,  y aprovechó el último segundo antes que arribara el grupo de choque, para trepar y verificar la fijación del pequeño cañón de agua con que congelaban a los manifestantes... Recordó una de las últimas charlas con su madre...

  No eran una pareja normal.  Sus padres formaban un pequeño y dulce rompecabezas de dos piezas, finamente ajustadas, no solo por sus orígenes y culturas diferentes, sino porque habían elegido el amor a través de todo.  Su unión se había fraguado inexplicablemente en Panamá, atravesando las inexpugnables frontera de políticas, ideologías, territorios y gobiernos. 

  Su padre formaba parte del cuerpo de instrucción operativa, que adiestraba a las fuerzas antidisturbios, y su madre, formaba parte de las fuerzas populares que luchaban por derribar al presidente, en los convulsos años noventa, donde gobierno títere de Noriega, era reemplazado por los gobiernos títeres de sus sucesores.  


  

  Ambos, jóvenes y fuertes, se miraban a través de la barricada, con un odio visceral. Su padre esperaba el momento de tenerla a tiro, y su madre, mejoraba día a día la puntería con todo tipo de proyectiles, antes que la respuesta policial desbandara a la multitud.  Un día, en vez de retroceder lanzando gases, mientras los manifestantes cargaban contra la barricada policial, los escudos se abrieron para dar paso a una formación en forma de lanza liderada personalmente por su padre y ocho agentes que abrían paso y lo protegían, hasta que todo su peso, cayo sobre la indócil muchacha, a la que arrastraron de los pies en una frenética carrera, sin que nadie pudiera hacer nada.

  En realidad no era nada personal, sino un simple ejercicio dentro de una clase, una demostración práctica, un proceso operativo denominado "Extracción de Objetivos" donde las fuerzas de seguridad, podían aprovechar la misma cohesión de la masa, para penetrar rápidamente y obtener una captura limpia y sin riesgos.  El éxito había sido total... Ahora la revoltosa era su prisionera privada.

  Los oficiales sonreían con malicia, nadie iba a cuestionar el tratamiento personalizado que el comandante insinuaba darle a su presa, una simple herramienta de aprendizaje, sin mas valor que el que pudiera dar por si misma.  

  Despues de dos días de ablande, lavó el calabozo y a la muchacha desnuda con una manguera a alta presión y entró comiendo un pedazo de carne asada.  Sabía que el olor invadiría las narinas de su víctima aun antes que le quite la capucha, haciendo que su hambre y su indefensión la preparen para darle cualquier confesión, cualquier cosa que quisiera obtener...pero no estaba realmente preparado para lo que pasó.

  Berenice parecía observarlo a través de la venda, como si lo estuviera viendo, y la expresión indómita de asco de su boca, parecía dirigirse a él personalmente.  Pero el peor error fue destapar sus ojos. Cuando sus miradas se encontraron cara a cara, la muchacha pareció sentir lastima en vez de odio, como si no esperara que fuera él, el que la estaba sometiendo y humillando.  Sus ojos hablaban.  

  Sus ojos estaban en contacto desde hace un tiempo, ya que el Capitán, aun sin reconocerlo, había quedado impactado por el espectáculo, nunca antes presenciado, de una mujer que parecía sonreír con todo el cuerpo, pero mas que nada, y a través de la distancia, con y desde el brillo profundamente vivo de sus ojos.  Ese brillo se transformaba en un cortante desprecio, en un silencioso desafío a la distancia, cuando lo percibía tras las líneas y los escudos de seguridad, enfocándola con sus largavistas.  

  De alguna manera, instintivamente, ella sabía quien era, y qué estaba haciendo en su país, y le hacía llegar su opinión, negándole cualquier atisbo de su luz.  En esos momentos, su furia combativa se aceleraba hasta liderar los pequeños grupos que intentaban desestabilizar y quebrar las líneas defensivas de los altos escudos, o incluso disputarles de las propias manos, las capturas de militantes que las fuerzas policiales intentaban hacer entre la muchedumbre. 

  J. D. entró llorando de odio al pequeño departamento, y plantándose frente a su padre, le dijo en un perfecto castellano "Se lo que hacías, papá" .  

  Y con estas simples cinco palabras, terminó de derrumbar al fornido guerrero, que fue perdiendo fuerzas hasta recostarse contra la fina pared y deslizarse lentamente al suelo, dando salida finalmente a la angustia, la rabia, la tristeza y la impotencia en que la situación lo habían envuelto.  

  Como podría explicarle a sus hijos que había renunciado a todo por mantenerla con vida, que había finalmente escapado de Panamá con su madre, salvando su impredecible mutuo amor, a costa de su carrera y su futuro, que había cobrado tan grandes favores, puesto un precio tan grande a su discreción y a su impecable fidelidad de tantos años, que el sistema había tenido que escupirlo limpiamente, permitiéndole iniciar anónimamente un nuevo destino en un suburbio interracial de Nueva Jersey.

  Años despues, Cuando la paz se hizo constancia, y llegaron a la conclusión de que el gobierno había decidido no asesinarlos, se propusieron consolidar su unión en forma de dos hermosos hijos.

  Pero Panamá...Eso había sido hace tanto tiempo que no podía recordarlo sin atestiguar su propia salvaje sed de sangre, su sádica maldad, y su orgullo de formar un equipo de perros rabiosos dispuestos a infligir daño de cualquier manera en busca de información, diversión, o placer.  

  Comenzó sollozando lenta y suavemente, hasta evolucionar en un profundo y visceral gruñido, que solo podía terminar de expresar con los golpes de su nuca contra la pared, intentando aplastar los recuerdos y la culpa, mientras escuchaba los restos de su mundo derrumbándose:  Aretha buscaba ciega a su hermano, tambaleando mientras chocaba contra el filo de las puertas, sin tomarse la molestia de atender a las indicaciones con que la pequeña Jane -ahora huérfana, despues de la deportación de sus jóvenes padres-  intentaba guiarla, mientras al ruido de los posters siendo arrancados de las paredes, había seguido el de las estanterías cayendo enteras para ser pateadas y pisoteadas, los muebles derribados y cada recuerdo de una vida ficticia y feliz, destrozado a palazos con un pedazo de respaldo de cama.

  Finalmente solo se escuchó el llanto de Aretha, seguramente abrazada a su hermano, en el silencio expectante de la vecindad, que atestiguaba la interminable y repetitiva tragedia familiar. El barrio entero había sido diezmado, cuadra por cuadra y familia por familia.  

   Luego de perder a sus amigos y a su propia madre, los hijos de Franklin habían terminado por engrosar las multitudes que luchaban contra los irracionales proyectos del gobierno.  Jane se quedó mirando al fornido negro que yacía en el silencio de la pieza.  Desde su pequeño cuerpo de ocho años, parecía envolverlo y empujarlo a reaccionar, con sus dos grandes ojos apuntándolo como dos reflectores en una sala de interrogatorios. 

  Franklin miro a la niña enternecido, agradecido de su postura sin reproches ni juicios. Solo había fortaleza, esperanza y una inclaudicable determinación de sobrevivir, y eso era admirable, y digno de imitación. Se levantó lenta y decididamente, abriendo una de las puertas corredizas del placar, para sacar una pizarra y sus correspondientes fibrones, que erigió en la mitad de la pieza, ante la expectante y feliz mirada de la niña.  

  Cuando J. D. entro, intrigado por el silencio y la total falta de reacción ante sus destrozos, entró con su hermana, aferrada a sus hombros, caminando medio paso atrás suyo, pudo ver como la niña -sentada en la cama - atendía seriamente a su padre, que delineaba a la perfección, una tanqueta hidrante policial, para luego comenzar a dibujar flechas que apuntaban a la descripción de sus diferentes partes.  

  Silenciosamente, ayudo a su hermana a sentarse a un lado de la niña, como si pudiera ver, y tomó a su vez, asiento del otro lado, en la pequeña e improvisada aula.  Su padre terminó de hacer unas anotaciones en color rojo, los observó fijamente, como verificando su total atención, y comenzó a hablar, con voz calma, pausada y neutra:

  "Hay mil formas de desactivar, cegar, desmantelar o detener una tanqueta, y por añadidura, cualquier otro vehículo policial o militar. "

  Tras decir esto, apoyó el fibrón en el pequeño borde adosado al efecto en la base de la pizarra, y miro fijamente a los tres componentes de su auditorio, como desafiándolos a proponer una idea nueva.  James Dean tragó saliva, dispuesto a prestar atención, mientras la pequeña Jane sonreía de oreja a oreja, y la adolorida Aretha afinaba los oídos para escuchar.  Enfocaba sus ojos sin parar de lagrimear: la oscuridad iba cediendo lugar a una niebla borrosa en la que lentamente empezaba a destacar una mancha blanca junto a la cual emanaba la voz de su padre...

  Luego de esa pequeña y efectista pausa, el Capitán Franklin Brown reanudó su clase, mientras su resquebrajado corazón empezaba a endurecerse lentamente como el acero...




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