El lenguaje del poder se escribe desde polos opuestos, porque el poder necesita -siempre- transformarse, negociar, acaparar sentido y validarse desde verdades y mentiras, desde amigos y enemigos, desde propios y desconocidos.
Porque el poder (estamos hablando del poder humano de imponer guerras, genocidios y tiranías, absurdos y mentiras, de adaptar a pueblos enteros a su feliz esclavitud, no de lo que lo que por miles de años antes se consideró el único y verdadero Poder: el poder de ver mas allá de las apariencias, de percibir a través de los velos de la realidad, de conectarse con el misterio y la divinidad implícita en todos los seres vivos y no vivos), el poder necesita imponerse a través de la violencia y el exterminio cíclico de las diferencias, no desde la comunicación y la complementariedad, la coexistencia o el mutuo respeto.
No, el poder necesita fijar límites y contraponer referencias con claridad, impecables metáforas, fantásticos mitos modernos que expliquen por qué una porción abrumadoramente mayoritaria de la población, debe sacrificarse sin miramientos, cotidianamente, para que un insignificante sector aventajado, siga gozando de privilegios insostenibles, injustos e indefendibles.
Es así que los diccionarios están llenos de palabras grandilocuentes usadas para expresar la parafernalia en uso destinada a machacar a los desafortunados.
O incluso se nos presenta como "belleza" -y se nos impone hasta aceptarlo- a los más monstruosos actos de propaganda y autovalidación con que llenan los museos y los castillos, los ministerios y palacios presidenciales, las embajadas y millonarias mansiones.
Ese es el territorio favorito donde los artistas, como mansas palomas de plaza, van a derrochar su creatividad asesinando el sentido en nombre de una renta vitalicia (en el mejor de los casos), o favores de cualquier tipo que mimen a sus inútiles inflados egos, a cambio del eterno acto de maquillar masacres, tiranías y desfalcos.
Hay, hubo, y habrá excepciones, claro está.
Pero hay excepciones para contrastar la regla, para alimentar a los disconformes. La única tarea permanente del poder es glorificarse y justificarse a si mismo. Es así que son innumerables las categorías que cortan en dos al ser humano, para diferenciar los necesarios y dignos, de los descartables y molestos.
No existe la palabra "Aplánico" verdad? No tuvieron tanto poder los terraplanistas, o no fueron confrontados al punto de generar una categoría execrable de renegados y excluidos a la cual estigmatizar y señalar como sospechosos y culpables de lo que se necesite.
Si, existen, claro está, las palabras "Ateo", o "Apátrida" para dejar en claro quienes son los enemigos de los conceptos más importantes con los que se construye la hegemonía dominante del mundo moderno actual.
"Asintomatico" será el próximo gran insulto? En esta era de epidemias virtuales, forzadas, mediáticas, ficticias...
El poder necesita crear palabras que etiqueten a los seres libres, para que las maltrechas ovejas que tienen como paisaje un cerco eterno e infranqueable, no se sientan tentadas a saltar del corral. Pero las palabras no se refieren a los de afuera, sino a los de adentro, son categorizaciones arbitrarias, impuestas a la fuerza y sin permiso a quienes no participan de ellas, para tranquilidad de los sometidos.
Porque la sumisión y la impotencia cotidiana de atestiguar la propia imposibilidad de cambiar nada, de oponerse a nada, de crear o generar nada, se apaciguan con la ficticia pertenencia al clan, con el calor de las anónimas masas, con la sutil y descuidada caricia del liderazgo hacia el inerte público que sostiene sus temblorosas bases.
Y es así -desde hace diez mil años- que las infinitas posibilidades humanas fueron vaciadas de contenido, y a pesar de la insignificancia de esta modernidad insulsa e improductiva, siguen siendo cercenadas hasta llegar a la frontera actual: el reemplazo de seres vivos y conscientes por maquinas ensambladas de metales, circuitos y cables, el reemplazo del infinito poder de abstracción y síntesis, de comprensión panorámica y dialéctica de un ser humano, por el imperfecto y monótono producto de un programa de computación, una" inteligencia" artificial que puede disfrazarse de cualquier cosa menos ser real.
Pero esto pasó porque ya habíamos perdido la conexión con nuestra propia sacralidad, creando religiones tan acotadas como los países que las usaban para imponer su dominación, regenteadas por oscuros liderazgos aliados a cada imperio que usó al ser humano para volver este maravilloso planeta contra si mismo.
Entonces la idea de dios(o dioses), ya artificial, utilitaria y distorsionada, pasó a separarse del ser humano, no solo como algo externo y ajeno, sino como un despiadado mecanismo de control, que solo permitiría la felicidad a cambio de inmensos sacrificios y donativos hechos a fugaces intermediarios humanos.
Y es este el andamiaje obsoleto que promueve y permite todas las arbitrariedades modernas, sometiendo a una inerte raza humana a una justicia macabra y clasista que dicen derivar o degenerar de una justicia eterna propia de dioses inmutables e incomparablemente incapaces de equivocarse.
El mismo concepto de dios es absurdo y maquiavélico: tenemos que convencernos sin preguntar, de que hay un dios omnipotente que creó la totalidad del universo, solo para privilegiar a un ínfimo insecto bípedo, permitiéndole destruir y esclavizar su propia creación.
Pero lo pensamos, es cómodo, es infinitamente cómodo recostarnos en un concepto absurdo que nos permita liberarnos de toda responsabilidad sobre nuestros actos y nuestras omisiones, sobre la valoración de cada interminable inquisición o genocidio humano, hacia su propia raza o cualquier otro ser vivo, hasta llegar a su propio exterminio. A su total extinción.
...Criaturas de dios.
Tememos un infernal castigo que desconocemos, mientras fingimos una virtud indemostrable para ganarnos un cielo jamás comprobado. Y en el camino toleramos todas las maldades y las masacres cotidianas, la humillación y la injusticia, la mentira y el simulacro descarado... El discurso del poder nos espera con sus palabras grandilocuentes para cobijarnos en cuanto hayamos subido un escalón, apoyándonos sobre las cabezas de nuestros semejantes.
Cada día la campana toca de nuevo, y en la línea de largada se amontonan miles de millones de miserables dispuestos a todo. Daremos la zancadilla antes que nos hagan resbalar, y emboscaremos a los incautos para prevalecer y acaparar, ese es nuestro único destino. Hasta que no dejemos de creer en estos dioses favoritistas y comencemos a respetar la vida entera, no vamos a dejar de incendiar y matar con una sonrisa torcida y siniestra. Tal vez sigamos adelante hasta que ya no quede mas nada, salvo un altar miserable donde postrarnos a ser perdonados por nuestra supuesta y permisiva divinidad...



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