24 mayo

Ajedrez y geopolítica

 


  No me gusta el ajedrez.  He jugado, si, y no me gusta.  O mas bien, debería decir...no me causa nada.

  Puedo sentarme frente a un tablero de ajedrez y ser perfectamente mediocre, iniciar el juego con entusiasmo, y descomprometerme lentamente de su desarrollo, sin ningún interés en mantener o tomar una pieza.  Ganar o perder en una representación oscura del conflicto, en una metáfora muerta, solo es útil para explicarme a mi mismo las razones de la inmovilidad del mundo, la permanencia de un poder que se resquebraja sin romperse, que permanece en eterna convalecencia.

 Me parece completamente exagerada la dedicación a un juego que no enseña nada, mas que a aceitar los engranajes que llevan a la abstracción de la mente, con el único resultado de prever un movimiento contrario antes que enseñar a disfrutar la sorpresa de lo imprevisible, que reduce el mundo a dieciséis piezas calculadamente simétricas a otras tantas, conceptualizadas como el enemigo, para imponer una matemática calculada y estéril al infinito mundo posible que rodea a la quietud silenciosa del tablero.

  Porque para eso viven, los jugadores, eternamente enamorados de su propio ego, memorizando libros enteros de jugadas de los grandes maestros, dilapidando su valioso tiempo de vida en extorsionar su mente para liberarla de cualquier sesgo de imaginación, hasta recluirla en una cuadriculada prisión en blanco y negro.  

  El mejor juego de mi vida, fue una amistosa partida con mi hijo, cuando tenía solo cuatro o cinco años, y ni siquiera conocía los movimientos ni las reglas del juego: fuimos moviendo alternativamente nuestras piezas hacia donde se encontraban las contrarias, sin ninguna regla, finalizando con el tablero vacío, y un firme, amistoso, y formal apretón de manos, muy profesionales.  Fue la partida mas emocionante, imprevisible y dulce de mi vida. 

  No hay otro entretenimiento mas protegido y simuladamente amado simultáneamente por dictadores y reyes, altos dignatarios y jerarcas de la industria, clérigos y revolucionarios de café, ministros de economía generales de oficina y  millonarios por herencia.  Es su desarrollo, y los efectos que produce en la mente, lo que a todos ellos  tranquiliza.  Y conformes pueden sentarse a observar la destrucción y destierro del pensamiento salvaje, disfrutando de un buen puro cosechado por esclavos sometidos a latigazos y un wiski añejado a la sombra fresca de una catacumba. 



  Por supuesto que en un mundo sometido al capitalismo como única posibilidad de interacción, esta destrucción y destierro es una metáfora en si misma, que entroniza la necesidad abstracta del poder, los últimos cinco mil años de filosofía esclavizadora del ser humano, y la devastadora manera en que la esencia misma de la vida, cede su lugar a un cálculo matemático destinado a ganar a costa de la caída en desgracia ajena, en una representación aparentemente inocente, que simula una guerra aséptica y de monacal calma, donde la sangre y el hambre, la traición y el frío, la ejecución y la violencia se sienten como una caricia al cerebro.

  Y ahí, justamente, es adonde nos quieren, completamente ajenos a nuestro propio corazón, haciendo sumas y restas que puedan reemplazar a toda forma de sentir, de percibir el mundo real, convirtiendo cada pensamiento y cada segundo de nuestras vidas en una justificación del lucro, de la ganancia, de la explotación.  Porque siempre es menos difícil destruir que crear, y siempre sus efectos irrevocables, favorecen la máscara del poder, del monopolio, de la opresión.

  Resumir el mundo a 64 casilleros, 64 posibilidades de expresión, es algo que ya supera la crueldad.  Pero establecer un sistema completo de jerarquías inmutables, de categorías de autoritarismo y sumisión total a las reglas, inmutable, representativo y eterno, es algo francamente macabro.  Relacionar esto, a la geopolítica mundial, a la desesperada lucha del ser humano contra su implacable destino , su instintivo camino hacia la libertad total, es...intensamente grotesco. 

  De los miles de juegos y formas de relacionarse, el ajedrez es el único donde nadie sonríe, nadie levanta la voz, pero tampoco nadie habla tierna y dulcemente... ningún cuento para niños comienza con una frase tipo  "Estaba el rey de los monos, enseñándoles a sus hijos a jugar al ajedrez..." porque envejecería a los niños veinte años en solo cinco minutos, y tal vez en vez de soñar con peces de colores y barriletes, de esperar el momento despues de la lluvia para chapalear en el barro, comenzarían a amar las matemáticas, y luego las finanzas, y antes que sus padres se dieran cuenta, estarían haciendo cuentas para cobrarles alquiler despues de comprarles su propia casa.

 Bueno, son especulaciones, elucubraciones, lo cierto es que, como todas las cosas que forman el abanico de supuestas maravillas humanas, nos ha sido impuesta con una visión distorsionada y magnificente, digna de la misión sagrada de derrotar la capacidad innata de elaborar el mundo a través de un significado y un material propio, con que cada niño nace y llora, por primera vez.

  Lleven a sus hijos al parque, que pisen el pasto hasta que sientan el asombro de clavarse la primera espina, déjenlos que rueden por las laderas hasta que su cara se aplaste contra las piedras y le pierdan el miedo a la sangre, observen como se olvidan del mundo analizando un pequeño insecto sin pensar en la posibilidad de que los pique y los mate, y disfruten de la visión de un ser humano primigenio y libre, mientras puedan mantenerlo a salvo, porque ese recuerdo no durará mucho.  

  Mañana el cuadriculado bosque de cemento nos absorberá nuevamente, a ellos y nosotros, y toda convivencia y armonía será reemplazada por una calculada simetría de piezas blancas o negras que deberemos elegir para sobrevivir, para que otros sean sacados del tablero en nuestro lugar... y bueno, así es la vida, dijo un gran campeón, antes de colgarse del ventilador, harto de la monotonía absurda que llenaba su mente hasta el último resquicio.

  No pudo ver la belleza de las hojas otoñales de los árboles frente a su ventana, hasta que fue demasiado tarde... nadie pudo explicar -y no trascendió a los medios- como fue que falleció con una sonrisa.  Y con la lengua afuera, como un simple peón sacrificado por estrategia.

 



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