El hombre lleva un pájaro negro. Va posado en su hombro. A veces
Si existiera un dios, el hombre, lo pondría de testigo de que ha intentado quitárselo. Ha intentado reemplazarlo por otras aves: mas coloridas, con un canto mas melodioso y menos bronco, con un pico menos afilado, o unos ojos menos indiferentes, menos sedientos, de muerte.
Pero el pájaro es imposible de amansar. Por eso, ya no le molesta tanto, y lo deja posarse en su hombro. Antes, cuando de solo escuchar su aleteo le daba un febril escalofrío, un abanico de emociones mezcladas convertía su día en un martirio. Sabía, que cuando echara a volar, sería para volver con su pico bañado en sangre, sus garras, tiesas de aferrar la vida, y apretar, hasta que el alma se despidiera del corazón inerte de los que ya no estaban vivos. Y eso lo convertía en cómplice.
Pero finalmente, el pájaro se convirtió en su amigo, aunque no puede, ni quiere domesticarlo. Ahora sus aventuras solo lo ponen un poco sombrío, distraído...amanece un poco cansado cuando el pájaro lo despierta en medio de la noche, con un rítmico y casi dulce, picoteo tras su oreja. Como si fuera un manso gatito, que comprueba que su dueño está atento, para recibir una atención.
Porque la noche lo hace feliz, y el reflejo de las estrellas y la luna, sobre sus brillantes plumas de ópalo negro, lo iluminan como un ser majestuoso, casi una fugaz estrella que creemos ver pasar sobre nuestras cabezas, aunque no podemos asegurarlo. Porque nuestra percepción, solo puede enfocarse en lo que nos es familiar, no en los habitantes de una noche eterna e incomprensible.
Y el ave oscura vuela, disfruta de volar, como si no hubiera otra razón por la que estuviera surcando el cielo...pero el hombre sabe, por qué, vuela. Por qué, se va...
De cualquier manera, siempre hay alguna nube negra, una niebla nocturna, una brisa matutina húmeda y espesa que enturbia el cielo nuevo, y ahí baja sin ruido. Invisible, feliz, sus patas se adelantan para agarrar indefensos seres que apenas alcanzan a darse vuelta para ver su fugaz sombra cerrándose sobre ellos, medio segundo antes que el pico golpee, quiebre, rompa, desgarre, consuma, desangre.
A veces un perro asustado, aúlla al verlo pasar, intentando espantar su funesta sombra, pero para el ave ese agudo ruido es como una corriente mansa en la cual se deja descansar, y la disfruta. Hasta que el perro se tranquiliza.
El hombre también esta un poco, digamos...fuera de la norma. A veces, su sensibilidad empieza a aguzarse, a sentir el aire presionando su pecho, el silencio descomponiéndose en miles de susurros y aleteos de insectos y pájaros lejanos, y un rumor creciente que viene hacia él, hacia su corazón, hacia su mente.
Inquieto, desearía escapar pero no puede, no puede salirse de su propia piel, solo concentrarse sobre si mismo como una vieja caldera, hasta que puede sentir la sangre golpeando dentro de sus venas, y cada músculo latiendo. Esperando.
Es ahí cuando le gustaría subirse al hombro del pájaro negro, y acunarse en sus alas hasta que el viento y la velocidad le devuelvan la calma... sueña, despierta, sueña... hasta que amanece mirando una brizna del entarimado del techo, quieto, para no despertar al pájaro que duerme contra su hombro, dulcemente acurrucado, su ensangrentado pico refugiado bajo el lóbulo de su oreja.
Pero el ave siempre fue solitaria, y eso consolaba su propia soledad. El ave siempre volvía a posarse en su hombro, y era muy gratificante sentir sus pequeñas garras ensangrentadas aferrándose suavemente. Hasta ahora, había sido soportable el olor rancio de la sangre mientras lo acariciara con su pico, limpiándoselo contra la cresta huesuda detrás de su oreja.
A pesar de su aparente violencia, jamás el pájaro le había dado miedo, y sin embargo, un nuevo ciclo parecía haber comenzado... Adonde iba? De repente las horas se gastaban sin escuchar su vuelo de regreso, y si llegaba en mitad de la noche, era cansado y desordenado, agotado, casi desplumado. Un día su tranquilidad volvió, cuando el pájaro no levantó vuelo, y acurrucado desde temprano, se apichonó junto a su almohada, viendo salir el sol junto a el. No estaba preparado para lo que iba a ver...
Con alegría salió al campo, con la intención de disfrutar un rato juntos, pero sus ojos se congelaron a la vista de otro pájaro, exactamente igual, volando en círculos sobre sus cabezas... Su compañero, estiro largamente sus patitas, se acomodó acicaló pluma a pluma su negra capa azabache, y como último gesto, limpió su pico por última vez atrás de su oreja.
A levantar el vuelo, el hombre supo que no lo volvería a ver jamás, aunque no estaba seguro de su destino... iría a un mundo de pájaros negros? Serían los dos últimos ejemplares de su especie? Seguirían cazando, esta vez juntos, como lo había hecho el primero? El circular vuelo seguía elevándose en la atmosfera, cada vez en vueltas mas amplias, hasta que fueron dos puntitos negros, alejándose hacia el este, por donde el sol había salido, normalmente, igual que cada día.
Un nudo en el estómago le impidió comer nada, y a pesar de la solitaria y mansa noche, parecía que el cansancio de tanto tiempo había impuesto su lugar y simplemente, se durmió, apoyando su frente contra la mesa, acolchonada en el dorso de sus manos entrelazadas.
Una gota sobre el techo de su pequeño reducto lo despertó. Llovía? Salió afuera: no. El ruido era producto de la evacuación intestinal de algún ave. Pronto cayeron otras plastas, haciéndolo refugiar bajo el pequeño arbolito que le daba sombra en las tardes. Y ahí, aterrizó.
Increíblemente, no fue sobre su hombro, sino sobre el techo de la casa, mirándolo.
Ni siquiera tuvo tiempo de empezar a dudar, si era o no era su mimada mascota, cuando dos mas se posaron a su lado, haciéndolo levantar la mirada hacia el cielo, donde una gran bandada pasaba, interminable. De a dos o tres, a veces mas, se iban posando en el pequeño techo, ennegreciéndolo de un brillante negro intenso, hipnotizándolo. Jamás vio llegar al silencioso verdugo, que aferrándose de una de sus paletas, se afirmó en su espalda para clavar su pico exactamente en el centro del hueco de su nuca. Alcanzo a escuchar el estruendo de alas bajando hacia él mientras caía al suelo.
Su único pensamiento, su última duda, ante el desordenado despliegue de picos y garras que empezaban a cortarlo en pedazos, se detuvo en la incertidumbre de no poder identificar al ave que había alimentado por tantos años, entre las agresoras. Estaba o no estaba entre ellas, sería su pico igual de cortante, su furia igual de desmedida?
Un pájaro negro solitario, picoteaba los últimos restos de carne de los huesos desparramados de un hombre, bajo un pequeño árbol frente a una solitaria casa. Luego, levantó pesadamente el vuelo, amodorradamente lleno, empachado, sobrecargado por su propia furia destructiva, su incontrolable sed de sangre...
El silencio dejó escuchar el viento, que empezaba a silbar entre las hojas verdes, en el terreno abonado por la sangre, el pisoteo y los excrementos frescos...



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