"Si los pájaros gobernaran al mundo, no habría maldad ni guerras, y todo serían arboles y frutos, praderas y flores"
Evangelina quedó con la mano en el aire, obnubilada y confundida con ese comentario a destiempo, sospechosamente impropio de un niño tan pequeño, ajeno al significado de las luchas políticas o institucionales, al conocimiento de las intrincadas causas de la guerra, o siquiera al concepto de gobierno.
Aunque, el dibujo sí parecía ser de un niño, inocente, naif, lleno de colores y seres sonrientes, sean piedras, arboles, arroyos o nubes.
La consigna había sido clara: con base en el pequeño cuento leído amorosamente en clase, llamado, "La vida de los pájaros" que ahora tenían pegado en una hoja de su cuaderno, debían realizar un dibujo a lápiz, y ponerle un título. Un titulo! No una declaración política, una filosofía de principios, un atentado anarquista!!
Bueno, pensó, tal vez sí era obra del pequeño, los padres de ese chico eran más que raros, la madre ni siquiera se arreglaba como una mujer de verdad, los dos olían a nafta y a humo, a pasto seco, y al padre lo había visto sucesivamente de traje, zaparrastroso, tapado en barro, y hasta una vez llego ensangrentado.
O sea, sonriendo, felizmente ensangrentado, con lo cual el portero lo paró en seco en la vereda, pidiéndole que se retire y se lave, o mande a otra persona a buscar a su hijo, lo cual provocó un nuevo escandalo, un intenso e instantáneo debate en las filas de padres y maestros, y finalmente una solución negociada, que consistió en esperar a su hijo, en el bar de la esquina, tomándose una gaseosa pagada por la institución, donde le fue entregado por el amable pero estricto Lucas, el inmortal portero de la escuela.
Evangelina quedó con la birome a mitad de camino, aferrada por una fuerza antigua que le impedía corregir satisfactoriamente ese dibujo, legitimar ese peligroso pensamiento poniéndole siquiera un "Bien" que era la nota mas baja que había puesto en su vida de maestra de primaria. Tampoco podía expresar institucionalmente sus temores e interpretaciones personales, sobre el trasfondo ideológico de tal exabrupto infantil, disruptivo y anacrónico, pidiendo una reunión con los padres, tachando ese hermoso dibujo e imprimiendo en letras grandes y rojas la palabra "Rehacer" como pensó de inmediato, o...
Espantada, comprobó que cada nuevo pensamiento no desplazaba a los demás, sino que se sumaba solidariamente a un polifónico coro que lentamente llenaba hasta rebalsar su canosa cabeza, girando en un frenético carrusel que absorbía toda su atención y energía, impidiéndole realizar cualquier otra tarea o movimiento.
Que se pensarán estos hippies? -se dijo a si misma- Que el mundo funciona como ellos quieren? Que hay personas predestinadas? Que unos son mejores que otros?
Como un viejo gramófono, seguía emitiendo nuevos pensamientos sin descartar ninguno, mientras empezaba a imaginar un mundo gobernado por pájaros, tal como el inocente y amado pichoncito había exigido, habiendo sido convencido de su benevolente existencia.
Pájaros... pensó, mientras un bollo de papel, que Ramoncito le había tirado a Gustavito, pegaba de rebote en el pizarrón. Pájaros... pensó, mientras Lorena se aferraba a su mochila, ante el insistente acoso de Mario, que solo quería molestarla.
Pájaros... pensó, mientras el pequeño Damián se quedaba extrañamente quieto en su pupitre, probablemente cagado. Y pudo percibir que la realidad ya no le importaba, aunque cada escena, y los diferentes desenlaces que provocaba o provocaría su intervención o su indiferente desatención, solo era un ruido más girando en su cabeza.
Como en un trance, había comenzado a imaginarse un mundo gobernado por pájaros: árboles cercados y prohibidos a todas las demás especies, semillas y frutos acopiados y monopolizados, acumulados monstruosamente para una élite plumífera que prefería verlos apodrecer antes que compartirlos con el resto de los seres vivientes, insectos criados en jaulas, gatos y otros cazadores ejecutados cotidianamente solo por diversión, bosques y sembrados restringidos y custodiados, lujosos nidos de hebras de oro para un simple casal de gorriones, trinos y cantos atronando el espacio intermitentemente, veinticuatro horas al día, a través de altoparlantes...
Evangelina se dio cuenta de que estaba delirando, pero ni siquiera podía combatir la rigidez de su brazo, clavado en el aire, y sus dedos enrojecidos a punto de sangrar, aferrando la birome con una fuerza demencial. También esa toma de conciencia se transformó en un nuevo pensamiento, que se sumó a todos los demás, en un carrusel que ahora giraba en su cabeza a la velocidad de la luz, como la luz que empezaba a cegarla intempestivamente, como explotando en sus mismas pupilas, o directamente desde el centro de su atribulado cerebro.
Pájaros... pensó, mientras Tomi se lanzaba con furia, con el labio partido, contra el risueño y despiadado Martincito. Pájaros... y empezó a emitir una baba blancuzca, que terminó volcándose por su boca en el escritorio, sin una palabra, sin perder su rigidez, sin cerrar sus ojos desorbitadamente abiertos, sin frenar un segundo el infinito carrusel de pensamientos que, desbocados, perdían la pista y empezaban a chocar unos con otros en una lluvia de chispas que iba inundando su cabeza. Pájaros... Mariana había agarrado el cuaderno de Leo y tachaba prolijamente, con una gran X cada hoja.
Pájaros... y sonó el timbre del recreo, haciendo que un instantáneo desbande lanzara un tropel atropellado de niños a través de la puerta, hacia el patio, dejando útiles y cuadernos tirados, mochilas descuartizadas y hojas volando por todos lados en forma de aviones o bollos, o cartas de amistad eterna.
Pájaros... pensó, mientras soltaba el bolígrafo y la vida, mientras instintivamente, Lucas, el portero, entraba a ver por que no había salido al patio detrás de sus amados niños, como hacía siempre.
Damián, solitariamente congelado en su banco, miraba fijamente a los ojos cada vez mas vidriosos y fríos de la maestra, esperando que el portero lo vea y avise a su mama que lo venga a buscar a la escuela, con una muda de ropa.





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