18 enero

Campamento de verano

 


  

  He visto caer centenares de personas, como hojas secas.  Sus ojos empiezan a perder brillo, luego su sangre se vuelve cada vez mas espesa y lenta, y el otoño que los va absorbiendo, vuelve su piel de un color tenue, sin vida, seco, muerto.  Cuando su corazón deja de latir, es solo un tramite injustamente postergado, una generosa concesión de la eternidad, para que los condenados tengan unos momentos mas para visualizar el viaje final.

  No fueron mordidos por vampiros, ni zombis.  No es una moderna epidemia, ni un arma secreta fríamente desplegada por un poderoso y vil enemigo. 

  O sea, no es nada de eso, y también, es todo eso.  Pero no podemos hablarlo, no podemos escuchar ninguna versión que se acerque someramente a la verdad, y no podemos detener esa ola, sin que la fuerza de un mar indefinible nos destroce hasta desintegrarnos...

  La raza humana estaba siendo exterminada a una escala nunca antes vista, legalmente, oficialmente. 

  El ser humano estaba siendo masacrado a través de alimentos y bebidas, de drogas, de rutinas, y de fármacos revolucionarios supuestamente creados para combatir los males artificialmente creados. Todo era una inmensa y lucrativa mentira.  

  Lo peor de todo, es que lo que alguna vez se llamó filosofía, pensamiento crítico, o siquiera autoconciencia, perdía terreno día tras día, ante un muy bien pagado ejército de influencers y coaching por un lado, o mercenarios del ocultismo y divulgadores de la conspiración en sus infinitas variedades, por el otro...

  El resultado era un corral dialéctico donde ya no podían encontrarse puertas de salida, y una temerosa manada hiper estimulada por todo tipo de fármacos, o productos de uso permanente, que sin embargo no podía dejar de correr en círculos, escapando de una teoría a la contraria, de una obsesión a otra, de una adicción a otra, de una verdad descartable a la siguiente, de una mentira siniestra a un auto homicidio consciente y premeditado. 

  Frenar o tropezar, intentar mirar hacia los lados para buscar una salida, significaba el inmediato atropello por la estampida permanente, la muerte inevitable a través de millones de pies con que los temerosos y manipulables seres humanos modernos, aplastaban cualquier peligrosa señal de innovación real, de inconformidad, de auto indagación orientada a una búsqueda propia que pudiera poner en riesgo los seguros e infranqueables límites donde la supervivencia y la esclavitud estaban mutuamente garantizadas.

  Escapar no solo no era una opción, ni siquiera era un pensamiento, un anhelo colectivo.  Despues de veinte mil años de domesticación permanente, el ser humano no solo temía la vida en libertad, sino que reaccionaba con furia y saña inmediata ante cualquier intento de romper las cadenas, de saltar los muros, o siquiera de hacer preguntas básicas como:

  Por que estamos corriendo?

  Claro que el corral era para las multitudes, mientras que los privilegiados estaban exentos del coercitivo y mortal dictado del tiempo, sin embargo... aunque no habían sido barridos por esa desatinada ola, no se volvían mejores por eso! 

  Convivía con algunos de ellos cada día: mentes infantiles moldeadas por la propaganda de infantiles películas bélicas, niños malcriados, que papá y mamá habían ofrendado a las fuerzas armadas a cambio de un desmedido confort mantenido a costa de invasiones y saqueos a través del mundo. 

  Todos amaban su metralleta, aunque estaban seguros de poder conquistar un bastión enemigo sin mas ayuda que su cuchillo de caza.  Ninguno tenía experiencia en combate real, y con toda seguridad, jamás la tendrían.  El sentido de su existencia era meramente decorativo, o mas bien, demostrativo, por eso, no dejaban nunca de demostrar.

  Comenzar un día corriendo hacia la pista, era la normalidad, subirse a un avión para lanzarse en paracaídas, caer en un prado verde y bien cuidado, ejercitarse como si el enemigo a combatir fueran los maniquíes a los que les disparaban, y trotar hacia un punto inerte bien dibujado en el mapa, donde dos aburridos pilotos de helicóptero los extraían del campo de tiro.

  Y todo esto sin dejar de posar para los fotógrafos, los únicos que además de correr un riesgo real en esos ejercicios, entre tantos imitadores de Rambo, estaban dedicados a un trabajo serio, productivo.  

  Esperaban ansiosos el momento en que pudieran demostrar su imaginario potencial contra algún imaginario supervillano al mejor estilo Marvel Comics, salvando en el camino algunas decenas, o tal vez cientos de vidas.  Su trabajo era gritarles y motivarlos, escondiendo la tristeza y la ternura que le producían, y convencerlos de que eran las mejores armas del planeta, a pesar de su implacable e inofensiva estupidez.


  

  Su aislamiento conceptual, la burbuja en que los habían creado, les permitía pensar que su gobierno, algún gobierno, trabajaba incansablemente por el bien de sus ciudadanos, enfrentado a poderosos enemigos que pretendían lo contrario.  Pero el había visto el otoño humano, había visto desplegar la muerte como una tormenta perfecta a través de inocentes y frágiles comunidades.  O no... Quien era, todavía, completamente inocente?

  El ser humano -pensó- había perdido la capacidad de ver el mundo, o mas bien, de percibir el mundo real detrás del escenario representado en sus pantallas.  Él, se sentía miserable, comandando una sección de cándidos guerreros, cuya misión era únicamente generar contenidos ficticiamente heroicos para esa audiencia, mientras los gobiernos mundiales competían por el monopolio del trafico de drogas, armas y seres humanos -los lucrativos frentes donde aun podía equilibrar el presupuesto- en cuyo empeño sacrificaban a la población, por decenas de miles cada día, con la mas impiadosa impunidad.

  Él era una parte fundamental de todo eso, lo sabía demasiado bien.  Su salud desmejoraba a cambio de guardarse para si mismo todos sus oscuros pensamientos, sabiendo que seria un suicidio infantil intentar divulgarlos o siquiera ponerlos por escrito. Como resultado, todos los beneficios derivados de su compromiso, no alcanzaban para ofrecerle un sueño tranquilo.  

  Su única misión real, era mantener sanos y aislados a estos hijos de Hollywood, cuyos optimizados y selectos cuerpos, mantenidos cuidadosamente a través de innumerables pruebas y comprobaciones médicas, eran la copia exacta de los multimillonarios y díscolos herederos de un puñado de poderosos, dueños del planeta.  

  Su juventud, para mantener el encanto y la admiración de cientos de millones de inútiles, incompetentes, perezosos y canallas (que iban a entregar sus opacas y miserables existencias al sistema sin dejar de aspirar a una vida de lujo y adrenalina de millonarios), debía ser un muestrario de deportes extremos, desprecio del peligro, derroche, destrucción, sensualidad y felicidad a toda prueba. 

  Lo único relevante era la velocidad de entrega, para que en un accidente en alta mar, por ejemplo, el receptor y el repuesto pudieran llegar al mismo tiempo en menos de dos horas a una sala de operaciones en una instalación adecuada, y trasplantar o reponer en tiempo récord, un órgano vital, un miembro del cuerpo, cuero cabelludo, piel, músculos, orejas, ojos, tendones, huesos o lo que sea... La ciencia médica había logrado avances increíbles, y a la vez, increíblemente desconocidos para el público, pero el había sido testigo de horrores que lo perseguirían por siempre. 

  Se podía reconstruir una persona casi por completo, renovarla como si fuera una máquina a la cual se le cambian las piezas, con  el ínfimo y secreto costo de desarmar a otro ser humano.  O a otros, pensó, como en la tragedia de 2026, llamada por todos como "El Milagro del Adriático".  Recordar el entusiasmo con que sus muchachos se dejaron conducir a la muerte, le provocó una dolorosa punzada en el estómago...

  La culpa, era una mancha oscura que le iba envenenando el alma.

  Para eso eran sus inquilinos: la pequeña base era en realidad un depósito sanitario, donde mantenía preparado y en condiciones el repuesto humano disponible en este cuadrante del mundo.  Y su función, como oficial logístico a cargo, era el cuidado, almacenamiento y transporte de esos cuerpos.

  Pero hoy era domingo, y le habían ordenado "descansar".  Los jóvenes se movían inquietos en el salón comedor, frente a la gran pantalla del televisor.  Corría la Fórmula 1, en el enrevesado Circuito de Mónaco, y un inexperto y audaz piloto se esmeraba sin resultados por forzar su auto para salir del último lugar.  Era Jonathan Prize, futuro administrador del Grupo Prize, dueño de la mitad de la reconstruida Nueva Europa.  

  Su corazón se iba acelerando en cada curva, mientras su cerebro ataba cabos.  Su mente había quedado completamente en blanco, hasta que el griterío de los soldados lo devolvió a la penosa realidad... el auto, partido en dos, parecía como si hubiera sido pateado por un gigante, y los bomberos con sus matafuegos apagaban las llamas, mientras el equipo de rescate acomodaba al humeante y destartalado piloto en una camilla, para partir a toda velocidad.  

  Escuchó las aspas de los helicópteros al ponerse en marcha lentamente, antes de que vibrara su localizador.  Apagó el televisor y empezó a gritar con todas sus fuerzas: "Terminaron las vacaciones, inútiles, malacostumbrados, embarcamos en cuatro minutos con equipo de combate!!!"

  La adrenalina que habían acumulado viendo el giro de los autos en la pista, se tradujo inmediatamente en un revuelo completamente metódico y disciplinado, que cuatro minutos mas tarde los tenía subiendo de a pares en alguno de los pequeños helicópteros de transporte.  El se subió al primero, atrás de los cuerpos de repuesto, mientras miraba despegar a los otros... intentando sentir lástima por los que iban a ser asesinados y desaparecidos para no dejar rastros ni testigos, solo para reconstruir el cuerpo quemado y roto del temerario Jonathan Prize...







  

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