El viento movía los árboles del parque como un cortinado. Las hojas amarillentas caían sobre la tierra negra y fría, unas tras otras, interminablemente, haciendo recordar a una cascada, o a una fuente que se pusiera en marcha con cada ráfaga de viento. Apenas si cantaban los pájaros, sumando su ausencia a la del sol, que hace días se escondía tras una neblina tenue pero persistente, solo para subir lenta y trabajosamente a encerrarse en un cajón de gruesas y grises nubes.
Don Rodrigo ya no encontraba sosiego en su caminata matinal, ni paz en el espejo de los estanques quietos, hacia donde el agua que filtraba de las alturas, emanaba entre las piedras lenta y silenciosamente. Si no salía pronto el sol, iba a derrumbarse ante el impacto de tanta tristeza gris, tanto silencio de iglesia vacía. Hasta los canteros de flores parecían artificiales, y sus intensos colores hacían el efecto de resaltar -aún mas- el despojo que el invierno hacía al antes verde parque, día tras día, convirtiendo los senderos en barro, y el paisaje en una procesión de árboles secos.
Por momentos sentía que la marea gris que empujaba el otoño, se le iba metiendo adentro hasta llenarlo. Por momentos sentía que el calor de su cuerpo se agotaba como el sol, y no había abrigo que pudiera retenerlo.
Casi no soportaba compañía, al punto de que su soledad ya no parecía molestarle a nadie. Su exilio de los salones de la inmensa casa, era parte de la fluidez del movimiento, que ya no parecía necesitarlo. Hasta sus hijos habían dejado de traer a sus nietos, ya grandes, y sus hijas y nueras solo recorrían la casa recolectando muebles, adornos o diversos objetos, cuya futura ausencia aprobaba con un ligero movimiento de cabeza, como si su participación en el andamiaje de la realidad hubiera sido tácitamente acotado, finalizado y acordado.
Todo había dejado de importarle, y había llegado a una agudeza mental, que podía predecir y sumar anticipadamente, que faltaría, o cuanto se robarían los empleados, con solo un recuento de gestos, guiños y miradas. Pero nadie podía robarle lo que era suyo, solamente suyo, tan íntimo y personal que no podría abandonarlo sino con su propia muerte. A veces se cansaba de esperarla, de fingir su adusta conformidad con la vida, de validar la opulencia que lo rodeaba con esa cínica sonrisa satisfecha, y mirando hacia un cielo en que no creía, imploraba un anticipado final, que dejara de robarse su dignidad con ese diario goteo lento hacia la intrascendencia total.
Pero no todo era tan malo. Había encontrado un refugio inesperado en la gruta artificial que albergaba las cañerías y filtros, las bombas de agua de la gran pileta. Encontró en ese lugar un espacio de paz absoluta donde dejar fluir sus pensamientos sin necesidad de confesarse, ni recibir estúpidos y simbólicos castigos divinos. El había levantado la iglesia de su ruina eterna, y todas las indulgencias con que pretendían pagarle, le dejaban un sabor a miseria ajena y condescendencia.
La vida había sido irónica y cruel, arrebatándole a la mujer que amaba en lugar de su propia vida, y esa era una de las heridas que menos sangraba. En el solitario reducto, acompañado solamente por rastrillos, azadas y hachas, había tenido una experiencia incomprensible, al ingresar a investigar, temiendo un robo o una intrusión, el motivo por el cual la puerta se encontraba sin su correspondiente cadena y candado.
No era por que fuera su responsabilidad, ni porque se encargara personalmente de controlar el jardín o al jardinero, pero le llamó la atención, haciéndole recordar otros tiempos, mas emocionantes, que se derrumbaron como una estantería llena de recuerdos sobre su cabeza. Tuvo que sentarse en la única silla disponible: una vieja silla plástica, remendada con alambre, que seguramente perteneció a la pileta.
El semioscuro claustro y el lento pero persistente, rítmico goteo, que dejaba caer una cañería, era tan hipnótico que no dejaba de traer a su cabeza viejos y dolorosos recuerdos. Aunque no todos eran malos, los buenos traían un tiempo ido, y personas que ya no volverían de su viaje...
Por qué nadie le había dicho nunca que nada se olvida? Qué todo queda guardado prolijamente en la memoria, hasta en sus mas finos detalles? Todo, todo, todo... era demasiado.
Hasta que se rompió el compás, no se dio cuenta del tiempo en que su mirada había permanecido fija en el pequeño hilo de musgo en la rendija de la pared de piedra, pero la primera lágrima cayó pesadamente sobre el piso húmedo, acompañando al ritmo implacable de la cañería. Estuvo al borde de recomponerse, avergonzado, cuando tomó conciencia de que estaba absolutamente solo.
Como si hubiera necesitado ese momento toda la vida, dejo de retener el llanto, y una segunda lágrima bajó a lo largo de su pómulo izquierdo, bordeó con elegancia el contorno de su fuerte mandíbula, y se perdió contra su temblorosa garganta, siendo absorbida por el cuello de su camisa. Volvió a bajar su cabeza, entregándose a la sensación reconfortante y novedosa de descargar una parte de su infinita tristeza, de su impagable culpa.
Lo más extraño era que había vivido plenamente, jamás se arrepintió de nada, nunca sintió algo así como "remordimientos", lo cual le sonaba bastante fantasioso. En su mundo, los mas audaces prevalecían sobre los temerosos, y si las vidas de los segundos se hundían en la miseria o la muerte era una especie de elección. La consecuencia lógica de la inacción frente a la osadía de los más emprendedores.
El mundo era un lugar donde los más fuertes imponían las reglas, y eso era lo que estaba bien.
No podía suponer que un día todo volvería. Cada decisión, cada elección, cada consecuencia sobre su prójimo, y la imposibilidad absoluta de cambiar nada, era como un volcán hirviendo a fuego lento en su cerebro, al punto que empezó a temer, o hasta a desear, la ocurrencia de un ACV o un infarto, que finalizara el castigo de una sola vez, y no en cámara lenta. Pero no pasó.
Era fuerte como un toro, y solo podía seguir dejando correr las silenciosas lágrimas, a la par de los recuerdos que se estrellaban contra su cabeza, y peor, los futuros posibles de cada persona y de cada institución que acosó hasta su muerte, arruinó o enajenó sin miramientos, antes de sospechar que un día llegaría a verlo todo de otra manera.
Un perro atravesó la entrada y se acercó lentamente a olfatearlo, tras lo cual se echó calmadamente a su lado, sobre el piso mojado, bostezando. El perro no se dedicó a juzgarlo por sus crímenes, sus vicios, ni sus mentiras. El viejo rompió el silencio para decir.
_Hola Tom. Gracias por quedarte...

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