Si, mas allá de las definiciones técnicas, el sistema tiene herramientas mucho peores que la muerte, la prisión o el exilio. O, por lo menos, mucho más efectivas.
Para que las nuevas generaciones puedan reconstruir todo mientras no dejan de pisar cenizas y cuerpos desmembrados, para que los nuevos dirigentes puedan volver a vociferar y sonreír antes de traicionar a amigos y enemigos, para que los dueños del dinero puedan colocar sus marionetas en los bancos centrales, los organismos financieros y las bolsas de todo el mundo, hace falta mucho mas que fusiles y bombas, mucho mas que escuadrones de la muerte y grupos de tareas torturando inocentes.
Para que todo pueda volver a la asquerosa normalidad, hace falta mucho más que cadáveres y masacres, propaganda y chantajes.
Para que los recuerdos de cada corrección histórica, a la que los diccionarios aún hoy, dan el nombre de "genocidio", "invasión" y "exterminio", el proceso debe funcionar lentamente, pero en las sombras. Una sociedad "sana" -vamos a tener la amabilidad de presentarla así, en un contexto de sumisión y explotación, de un clásico y permanente, aplastante, control interno- no cae en el totalitarismo como un viajero desprevenido cae al fondo de un pozo al borde del camino.
No. Se llega al fascismo lentamente, como quien desciende un bello sendero de montaña, despues de una excursión, para volver al verde valle repleto de frutos y promesas, de música y alegría, de canciones y fiestas. Porque de eso se trata! La alegría no es gratis!
Disfrutamos del paseo, de la igualdad y los valores positivos, del esfuerzo mancomunado para un logro común... y como trepar una pequeña montaña, esto nos resultó demasiado esfuerzo, demasiado sufrimiento, que la belleza del paisaje no compensa. El aire puro, el desafío de volvernos mejores, no paga nada. Así que el camino de vuelta siempre es frenético, pisando sobre las huellas de los que nos preceden, saltando para ganar tiempo, dispuestos a volar sin medir riesgos si eso significa anticipar el resultado.
En un sistema que se nutre del desequilibrio, cada sonrisa cuesta una lágrima, y cada puerta abierta de par en par, una abominable traición. Porque eso es lo que aceptamos, cada vez que elegimos en la góndola del supermercado. Eso es lo que elegimos, cada vez que aceptamos la supremacía de unos sobre otros, con argumentos tan endebles como el volumen de papeles de colores que han logrado acumular asesinando personas, explotando personas, expulsando personas de sus tierras.
Por supuesto, aceptamos estos argumentos porque los admiramos. Admiramos el poder total que da el dinero, capaz de comprar hasta las ruinosas fachadas en desuso, a las que los diccionarios todavía dan el nombre de "democracia", "república", "federación"... Todo eso fue una mentira absurda, desde el principio.
Los que se apropiaron del valle verde como si no tuviera dueños, y siguen haciéndolo con todo territorio libre, a punta de cuchillo y balas, inventaron sistemas para poder sentarse en el trono, porque las monarquías ya pasarían de moda, y además salían muy caras. En sus nuevos tronos, elegibles, legitimados, los nuevos soberanos pudieron descansar y disfrutar, mientras el esfuerzo se repartía entre todos los demás, entre el resto...
Pero los tiranos no amanecen como el sol, así, de improviso. Es mas bien como un lento, lentísimo atardecer, donde la oscuridad aumenta tan imperceptiblemente que a nadie le importa, aunque lo noten. Y no le importa a nadie porque la oscuridad iguala a todos, en ese lado oscuro y tétrico del ser humano, que lo lleva a comportarse mucho peor que los monstruos de historietas.
Entonces el fascismo no llega de sorpresa, sino que es atraído por las miles de actitudes violentas, discriminatorias, abusos y latrocinios, corrupción, sadismo... El fascismo arriba a un escenario porque el telón se levanta y todos lo esperan aplaudiendo de pie, porque solo un tirano implacable y sangriento puede representar los deseos y los ideales de la mayoría de la población.
A la vez que los disculpa. Los exculpa.
El fascismo, el totalitarismo, el imperialismo, se construye -como todo lo demás- desde la base hacia arriba, o no tendría como mantenerse en pie, incluso con todos los medios represivos a su alcance.
Cuando una nación invade a otra, no es porque sus representantes desobedezcan los deseos del pueblo, o porque haya una élite de psicópatas desvinculados de la realidad. Cuando una nación entra en guerra y somete a sus débiles vecinos, es para cumplimentar una necesidad económica, un desenfrenado estilo de vida, que adquiere bienes y servicios sin preguntarse por el costo, ni hacerse cargo de las vidas que cayeron durante la interminable cadena de producción, desde los campos y minas, desde las fábricas y almacenes, hasta los pequeños comercios donde el vendedor sonríe con un "buenos días" al vernos entrar, como si ambos fuéramos inocentes de todo.
Pero no podemos escapar a las consecuencias de nuestros actos. Alimentar a un monstruo de dientes afilados, que nunca para de crecer, es convertirnos en alimento a nosotros mismos. Mucho antes de lo que esperábamos, nuestra comodidad para a ser improductiva, y el sistema busca nuevos fanáticos que puedan llevar a cabo nuestra ejecución. Por definición, lo insustentable no puede mantener estructuras, debe derribarlas y consumirlas, para poder avanzar, conquistar, asolar nuevos territorios.
Somos fruto de esa reconstrucción, de esas destrucciones. Como sociedad, somos el fruto maldito de la supervivencia del mas fuerte. Pero el mas fuerte no termina nunca de matarnos, solo nos adiestra, nos convence, nos dirige con un nuevo caramelo hacia la sumisión o la locura, porque el mundo alcanzó sus límites y ya no hay territorios vírgenes que sean económicamente viables sin masacres y esclavitud, y eso no puede ser televisado.
Entonces, nos enseñan a tolerarlo todo, en una pantalla, veinticuatro horas al día. Y para cada duda fabrican una certeza artificial, porque la felicidad es artificial, y está hecha de colorantes y aromas artificiales, de paisajes domesticados y mascotas, de playas mansas y ajenas, de paraísos lejanos a los que llegaremos resignando todo juicio y toda percepción incómoda, toda disrupción.
Solo las élites llegan a la Isla de Epstein, pero no es porque sean mejores o peores, mas o menos crueles o hipócritas. Desembarcan porque los ciudadanos comunes no dejan de pelearse por los remos, porque tienen que alimentar sus aspiraciones fundamentando la vida de los ricos y famosos, admirando la vida de los poderosos, envidiando el estilo de vida sin disculpas que el dinero promueve, que el poder premia con mas poder.
Hay una casta de caníbales, criminales y sádicos que no necesitan esconderse, porque hay millones de crueles admiradores practicando su maldad, en cada hogar, en cada familia, en cada lugar de trabajo y en cada institución. La familia, la escuela, son los primeros escalones donde aprendemos a pisotear a nuestros semejantes, sin sentir culpa. Luego podremos escalar en la sociedad para servir de apoyo a los inescrupulosos, esperando un cabo que nos ice hasta la cima.
Hay una casta de cínicos depredadores degenerados publicitando sus macabras fiestas, porque en cada grupo de personas se identifica al débil y desprotegido, y se lo consume en cotidianos ritos, a través de la impunidad que brinda la complicidad de los abusadores y aprendices de narcisistas, de los aduladores y facilitadores que legitiman la violencia sin mancharse de sangre, sin oler el miedo de las víctimas, sin sentir las lágrimas de los desfavorecidos y excluidos, de los explotados y saqueados, de los secuestrados y asesinados.
Hay un mundo que funciona como un reloj frente a nuestros ojos, veinticuatro horas al día, y si ahora nos muestra su cara real, es porque ya estamos listos para aceptarla, para tomar partido desesperadamente por el lado de los vencedores, de los ensangrentados y felices sobrevivientes, mientras los ríos repletos de cadáveres se vuelven paisaje, mientras las calles ametralladas se vuelven paisaje, mientras las viejas fábulas de la igualdad y la fraternidad terminan en el mismo tacho de basura que la democracia, inútil y gastada.
El sueño de millones es servir a un Emperador, tan poderoso que pudiera indemnizarlos de todo daño, indultarlos de toda ofensa, premiarlos largamente por todo servicio. La humanidad, simplemente, se degradó, y toda aspiración colectiva a la libertad fue descartada por trabajosa e incómoda, ya que la industria ofrece millones de opciones para vivir una esclavitud feliz...
La próxima masacre, ante la que todas las anteriores se desnudarán como simples ejercicios, será posible porque hay cientos de millones de personas en el mundo entero, cansadas de pelear por sus vidas día tras día, cansadas de esperar que el respeto al sistema mejore sus perspectivas, cansadas de esperar que sus esfuerzos rindan los frutos que se les prometieron. Ahora están listas para agarrar el cuchillo del otro lado del filo, y reducir la vida en el planeta hasta que su sed de poder sea garantizada.
El escenario final está fijamente instalado, mientras el elegido público toma asiento en las butacas numeradas. Hace cien años que nos alimentan para esto. Todos los que intenten escapar, serán mas fácilmente acribillados.



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Que te parece?